No repitas mi nombre

David C. Robinson O. /
Panamá


La ciudad y la poetada

La ciudad fue algarabía
Y la poetada sólo rumor
La ciudad fue un tiro
Y la poetada rimó bala con baba
La ciudad fue sirena
La poetada se convirtió en silencio

Y yo que sigo empeorando
Sumergido en el estruendo

Lanzo mis poemas descalzos a la calle
A la calle de las hostilidades
El callejón injustificado
Los lanzo sin coraza ni escudo.

Ellos

Ellos
Mis versos
Acatan la tarea

Muy cautelosos caminan un trecho
Y tropiezan con la oscuridad
Y las sombras se hacen rocas
Ellos

Ellos
Apresuran el paso y las atacan
Con su hálito bizarro
Pero a las rocas les nacen flechas

Y ellos

Ellos
Son vencidos por los coágulos del asfalto

Y en su retirada
Y en su derrota
Regresan a mí con los talones heridos
Con la moral machacada

Y pretendo lamer sus tarsos
Pero no puedo
Aquiles ha muerto
Ya no los habita
¿Ya no los habita?

Y la poetada mira mis versos
Los mira con las cejas arqueadas
Con las cejas a punto de estallar
Y mientras la poetada encierra a sus propios versos en un gallinero de poliuretano
Y mientras la poetada viste con tules a sus propios versos llagosos
Llagosos y patulecos
La poetada y sus cejas estallantes lanzan su oscura flecha
Y me gritan:
¡Qué cojos están tus versos!

Y mis versos
Mis heridos versos
Ya no fueron cenizas
Si no fuego que incendia gallineros

Y mis versos
Mis heridos versos
Ya no fueron ovejas
Si no toro que embiste
Y estallaron las cejas arqueadas de la poetada
Y ahora la ciudad es silencio
La poetada se convirtió en sirena

Epitafio

No repitas mi nombre
No lo repitas
Déjame llevarlo conmigo

Abandona en un cajón ese verso
Ese que te escribí con fiebre en el estómago y miel en los pulmones
Ese que habitó en el charco de mi boca y que nadó hasta tus oídos

Olvida el estruendo de mi risa
La que resonó en una esquina de mi aliento
Y encantó a mis papilas

No recuerdes mis huracanes
Esos que sin planearlos me salían tan bien logrados
Esos que te lastimaron
Que me lastimaron

Dile adiós a mi barriga
A mi despeinado peinado
A mis manos sin callos
Mi estatura de palmera
Mi dura mirada
La niñez de percha

No recuerdes que comí y bebí sin dieta adelgazante
Que corrí en la dirección contraria
Que pensé como hereje
Y que fui el silicio de mis traspiés
Un cristal en el ojo de la luciérnaga

Destierra a mis cavilaciones
Esas mujeres que siempre me asaltaron y exprimieron
Las que nunca le permitieron caminar sola a mi soledad
Las que lograron mi expulsión del rebaño

Que tu nariz no retenga el hedor
Esa pestilencia a recelo disimulado con ira
Esa fetidez que me arrinconaba en la cueva
Que me asustó y enjauló
Que cerró la puerta y perdió la llave
Ya no pudiste conocerme

Sepulta mi bicicleta
Mi oxidado y destartalado carruaje
Ella me regaló paseos bien temprano en la mañana
Ella le regaló a mis pómulos la caricias de la brisa somnolienta

Borra de tu memoria el vino y el queso
La cerveza y el pescado frito
Las conversas de antología y los recitales poco concurridos
Deja de lado mis pendejadas
Las que me convirtieron en lo que fui:
Solitario y libre
Solidario y libre
Comprensivo y libre
Incomprensible y libre
Reidor y libre
Risible y libre

Olvida aquella vez que casi cruzo la puerta
Ya yo permití que el viento la hiciera polvo
Y que el polvo alcanzara las nubes
Y que las nubes se marcharan

No repitas mi nombre
Deja que se vayan mis 1,870 milímetros de ternura
Que los acompañen mis 110,000 gramos de torpeza
Permite que mis cenizas se pierdan para siempre en la pata de un limonero

Si me vas a recordar
No mientas y no te mientas
Recuérdame a mí y no a un fantasma que te inventaste

No repitas mi nombre
No lo repitas
Déjame llevarlo conmigo

(Del poemario Todo valió la pena –Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2020–, de David C. Robinson O.)