Tres alicantinos en Quezalguaque

(Capítulo VI de Nicaragua en el corazón)

María Teresa Bravo Bañón

Nunca supe muy bien de números difíciles, pero estoy segura que por ley de probabilidades debe ser muy difícil establecer cuántas probabilidades hay que tres alicantinos coincidan en el mismo día, en la misma aldea pequeña de Quezalguaque, pueblo a 6 kilómetros de distancia rumbo hacia el occidente de Telica.

Pedro Alfonso Morales me llevó a conocer al compatriota que vivía desde hacía más de 15 años en la Quinta del español: José Manuel Plaza. Estaba escribiendo una versión de la obra teatral El Güegüense que aún no había publicado.

Llegó a Nicaragua por mediación del sindicato español de Comisiones Obreras. Trabajó para la Universidad UNAN-León como instructor de teatro y una de las obras que montaron fue: Yo, Rubén Darío.

El Güegüense se representa durante las fiestas patronales de San Sebastián en Diriamba, departamento de Carazo, del 17 al 27 de enero. La obra incorpora texto, bailes, gestos, saltos y sones al ritmo del atabal y el pito. En Masaya, nombrada oficialmente Cuna del Folclor Nicaragüense y ciudad donde nació la obra en el Siglo XVI. (https://www.youtube.com/watch?v=XDm_fmnJjjI).

Esta obra es una de las más antiguas de teatro indígena. Se transmitió oralmente durante muchos siglos hasta que finalmente fue escrita y publicada en un libro. Según la primera versión escrita de la obra, esta tiene 314 parlamentos y fue originalmente escrito en Náhuatl.

El día 11 de noviembre de 2005, el Güegüense fue declarado oficialmente por la UNESCO «Patrimonio Vivo, Oral e Intangible de la Humanidad».

Me recibe José Manuel muy afectuoso, todavía convaleciente de una delicada operación de cadera que le tenía postrado y muy dolorido. La visita le emociona, quizás por la misma fragilidad de uno sentirse enfermo tan lejos. De pronto, aparece su hermano que ha venido a cuidarlo. Cuando me pregunta de dónde soy y le digo que de Alicante, la sorpresa es mayúscula, pues también ellos son alicantinos.

La conversación deriva hacia la pasión mutua por la literatura, le regalo unos libros míos, dedicados, me ofrecen zumo de pitaya ¡tan bueno y exótico! Contemplo el verde de la selva, esa exuberancia de todas las tonalidades posibles. Hace mucho calor, un calor húmedo que nos deja como aplastados, imposible sudar más. Se agradece la sombra del porche. José Manuel se definía a sí mismo como «Un Robinsón de la selva», pero yo lo fui descubriendo como un gran sabio de la selva.

Empezó entonces a hablarme sobre su pasión por el Güegüense que le tenía preso durante más de 10 años de estudio.

Había acariciado cada palabra como si fuera el ADN de un pueblo desaparecido, pues se dedicó a estudiar Náhuatl para poder entender mejor su significado.

Se devanó las noches, los sesos, la paciencia en busca del hilo de Ariadna que le pudiera conducir por el laberinto de un lingüista extraordinario que encriptó los mensajes de la rebelión indígena contra el poder colonial español.

El sabio de Quezalguaque supo descifrar, con paciencia, el mapa del tesoro y se le aguaban los ojos, emocionado, y me mostraba su brazo de piel de gallina, cuando recordaba el descubrimiento, esa lucidez inmensa que tuvo al descifrar el mensaje oculto de la Serpiente Emplumada. ¡Oh, Quetzalcóatl, Quetzalcóatl!, de nuevo tu gloria se reflejaba en la emoción sublime de tu Robinsón de Quezalguaque.

Y seguimos hablando desde Valle Inclán, a Menéndez Pelayo, mientras su hermano fotógrafo nos retrataba. Hablamos de política española, de viajes y de mundos soñados. Me dijo que una quinta como la suya podría serme muy barata, se ofrecía como intermediario por si quería comprarla. Me doy cuenta que está más solo de lo que nunca nos ha contado; pero sigue anclado a su Güegüense, buscando los mensajes ocultos que le escribió otro lingüista extraordinario y anónimo, a través de sus textos.

Es hora de marchar, nos despedimos efusivos.

Por el camino de regreso a León, reflexiono que siempre descubrí a los grandes sabios en los sitios más remotos y eran anónimos. Algo me hizo recordar y asociar, extrañamente, al sabio de Quezalguaque, con el pastor de Santa Linya, en las montañas del Pirineo catalán. Yo era una maestra de 22 años, casi exiliada en sus montañas, cuya única diversión constituyó por un tiempo, acompañarlo porque su conversación era tan rica en conocimientos: del mundo, de la vida, de la naturaleza, de los animales, de las estrellas que me instruyó más que todos los libros que pudiera leerme en aquel entonces.

Recuerdo qué lejos estoy de mi casa, a 13.000 km, comprendo esa gran nostalgia que tiene José Manuel, pienso en mi hijo y en mi perro, que ya ni me debe conocer.

Y de pronto… la lluvia nuestra de cada día, es el Trópico, estamos en la estación que los nicas llaman invierno.