La Calera

Alberto Juárez Vivas

Entrando a la finca La Calera, lo primero que llama la atención es un establo nutrido de vacas y terneros que se pasean lentamente de un lado a otro. Recuerdo el nombre de algunas vacas: Vanessa, Carolina, Maravilla, Coneja, Lora, y por supuesto, La Chota, una vaquita menudita y flaquita que murió al parir, la sequía las había dejado sin pastizales. Las acompaña un semental colorado, un torito llamado El Magistrado, recién ingresado a la manada.

Frente a la casa, nos recibe una pequeña fuente que abriga entre sus aguas, una tortuguita cansada que suavemente se desplaza buscando alguna mosca. Gustavito se hunde en El Ocho, una alberca cubierta de azulejos y llena de agua, del ojo de agua que hay en la finca y que la rodean varias palmeras, provocándonos la sensación de estar en un Oasis. Don Antonio, el patrón, ha mandado a llamar a Mario para conversar con él, mientras doña Julia se mece alegre en una de las mecedoras del lugar, satisfecha por estar con todos sus hijos. Mario llega veloz al llamado del patrón y conversan sobre el estado de la manada.

—Así es patroncito, están más flacas que el año pasado. Es que no tienen que comer.

—Humm, humm… Está fregado esto, debe ser por la sequía.

—La Chota, la vaquita colorada y menudita, murió pariendo, estaba muy débil.

—Bueno Mario, ni modo. Dios quiera que caiga un buen chubasco para que crezca la hierba. Mirá hombre, ¿querés café? –le preguntó de repente don Antonio a Mario.

—Está bien, patroncito –contestó este.

Don Antonio pidió el café para Mario y se metió a la casa a sentarse en una de las mecedoras que adornaban los galerones. Mario disfrutaba su cafecito caliente apostado en un borde del establo, mirando el ganado, pensativo, cuando de un momento a otro vio que La Coneja venía acercándose. Mario la ignora, pero de repente siente que lo están mirando; lo sorprenden los penetrantes ojos de La Coneja. Mario permanece inmóvil, cuando de un momento a otro la vaquita abre el hocico y deja perplejo a Mario cuando le dice:

—Daaaameeee caaaafeeee. Daaaameeee Caaaafeeee.

Mario dio un gran brinco del susto, lanzó la taza al suelo y salió a toda carrera perdiéndose en la llanura seca de la finca La Calera. Cuando le contaron a don Antonio lo sucedido no paraba de reír, y mandaba a llamar a Mario solo para preguntarle:

—Mario, ¿quieres un cafecito?

—No patroncito, ya no me gusta –respondió el peón.

Los niños Nelson, Víctor y Gustavito, que estaban escondidos detrás de las palmeras, se burlaban:

—Daaaameeee cafeeee… Daaaameeee cafeeee –se carcajeaban.