La tiranía en mínimos rapiditos

Henry A. Petrie

Hambrienta

—Maldonado, la jefa tiene hambre.

—Que les diga a sus empleadas, Lucío. Yo soy escolta.

—Por eso, hombre, tiene hambre y no quiere nada con cocineras –insistió Lucío.

—Entonces, hay que llamar a uno de los conductores para que vaya a comprarle algo que le apetezca, sencillo.

—Tampoco quiere conductores. Tiene hambre me ha dicho –esta vez Lucío pronunció sus palabras con mayor gravedad.

—¿Y qué quiere, que vaya yo a comprarle comida?

—No.

—¿Entonces?

—Te quiere a vos, Maldonado. ¡Y andando!

 

Héroe policial

«Ningún traidor debe escapar», gritó.

Árboles de lata derribados. Juventudes con banderas azul y blanco en la marcha, inmensa, pacífica, descontenta. El uniformado se detuvo y reflexionó. La orden debe obedecerse: «Tirar a matar».

El jefe no lo dudó. El gesto denuncia la desobediencia y la traición.

En algún sitio de Nicaragua un policía incinerado. «El héroe policial fue asesinado por vándalos, golpistas y terroristas», según el comunicado.

 

Como otrora dictador

Somoza mató a muchos jóvenes. Cuando los estudiantes arrebataron las calles con banderas, música y consignas, Ortega Murillo los mandó a matar, y luego los llamó terroristas, como el otrora dictador.

 

Por pura envidia

Aquel dictador pinolero agringado tuvo dos mujeres bellas y famosas: una de abolengo y otra de exuberante hermosura.

Quien lo derrocó lo envidió siempre, más aún cuando le tocó una flaca con hábitos extraños; jamás encontró la exuberancia deseada.

Entonces, muy pragmático, el insustituible revolucionario, se resignó y halló su alter ego, en el libidinoso Trujillo.

 

No es bruja

Hace algunos siglos, en el mundo existieron brujas, es decir, mujeres rebeldes, diferentes a sumisas o dominadas. Como sus mentes brillaban las condenaron a la hoguera, para que el supuesto maligno desapareciera. Pero, el fuego expedido de sus cuerpos se convirtió en espanto para patriarcas y sociedades retrógradas con dios sanguinario.

En Nicaragua, la que se cree Juana de Arco en su mundo borrascoso no es bruja, sino tirana que maldijo su propio vientre.

 

El dios del ateo fanático

Decía ser ateo, de los que se cagaban en el divino; lo hacía porque le nacía y también para amargar a cristianos, estaba convencido que la dictadura del proletariado tendría su gloria, imponiéndose y perfeccionándose en el crimen.

Cuando la juventud fue masacrada y el reino comenzó a derrumbarse, el ateo, que no soportaba el signo religioso, juró defender con su vida al líder Teo. Y fue tanto su amor por él, que, cuando escuchó al antiguo correligionario cagarse en el endiosado y mandarlo a la pila séptica, se enfureció tanto que le recetó el infierno.