El que se corra… ¡lo tiro!

Jarín Lenín Pérez Oporta

A José Ignacio Oporta

Los días eran malos en la fatal época de los 80. Nicaragua estaba siendo destrozada por la gran guerra civil, donde los nicaragüenses nos matábamos entre sí. Muchos prefieren no recordarlo, pues se sufrió mucho y los daños fueron cuantiosos; vidas perdidas más los traumas que nos quedaron. Otros, de un bando y otro, hacen memorias de sus acciones combativas heroicas.

En el municipio de El Castillo, Rio San Juan, la guerra no fue tan intensa como en otras partes del país, sin embargo, hubo combates en las selvas que rodean el río. La alarma se dio en el invierno de 1987 en las comunidades, grupos contrarrevolucionarios armados hasta los dientes, rodearon e impusieron el terror entre los campesinos. Fue entonces, que el alto mando del Destacamento Militar Sur (DMS), envió a cuarenta soldados a explorar.

Ignacio Oporta fue el designado para la misión, varón valeroso oriundo de este municipio, conocedor del terreno y del río, todos lo conocían como Nacho. Pero, resulta que el hombre no había sido entrenado debidamente y tenía poca experiencia de combate. Sin embargo, lo escogieron a él por su valentía, liderazgo y bravura. Cuando recibió la orden de marchar hacia la frontera, se sintió halagado y se determinó en no defraudar a las milicias populares ni a la patria.

Aquel día de septiembre del 87, pasó revista a su tropa de 40 hombres. Después de los preparativos previos y, listas las armas y municiones, partieron muy de mañana hacia la comunidad El Gavilán. La alborada era hermosa y la lluvia intensa bañaba la tupida vegetación. El camino estaba encenagado y el lodazal besaba las rodillas de los combatientes vestidos de camufle. Nacho, muy orgulloso, platicaba con su escolta personal de veintiséis años, mientras caminaban en el fango.

—Dime, cabo, ¿qué piensas? ¿Nos irá bien hoy?

—¡Quién sabe, señor! Ojalá Dios quiera que no encontremos nada.

—Pues fíjate, cabo, que a mí me pican las manos por volarle verga a la contra.

—Pues a mí no, no quiero morir tan joven, señor. Si fuera posible me regresaría hoy mismo para mi casa.

Nacho, medio enojado, le dijo con tono de voz severo:

—¿Cómo dijiste? No creo que te estés cagando del miedo.

—No es eso, señor. Lo que pasa es que… –dijo el soldado con visos de arrepentimiento de lo que había expresado antes, y fue interrumpido por Nacho…

—¡Ni mierda! Debes saber que en esta cuadrilla que dirijo, no acepto a cochones. Conmigo solo caminan hombres, hombres güevones como yo… ¿Está claro? –dijo con la mirada fija hacia su escolta.

—Sí señor. Entiendo, le prometo que seré valiente y que no me voy a correr.

—Así me gusta, ¡jodido! Valientes, no cobardes.

Después de medio día de camino, Nacho ordeno a sus súbditos parar y tomar un descanso, pues sabía que un ejército cansado está en desventaja, ya habían explorado una parte de la frontera con Costa Rica y no se veían rastros de los contras. Los hombres de Ignacio se dispusieron a descansar, unos comían y otros vigilaban, entre tanto lo hacían Nacho Oporta aprovechó para dar una charla. Más o menos estas fueron sus palabras:

«Compatriotas, los días son malos y como ustedes saben, la guerra se ha prolongado más de lo que creíamos. La contra se ha fortalecido, ¿saben por qué? –Silencio total. Los soldados se miraban entre sí–. Porque nosotros, los soldados de Sandino, nos hemos vuelto cobardes, somos miedosos, nos corremos en los combates… Por eso nunca triunfamos. Los días pasan y cada vez perdemos credibilidad ante el pueblo.

«Por tanto, hermanos, compañeros, soldados de la revolución, no debemos dar ni un paso atrás en el combate, por difícil que sea. Ante esta situación, les digo como su jefe que soy, que si hoy tenemos combate no se deben correr, porque el que se corra ¡lo tiro! Escuchen bien, el que se corra ¡lo tiro! He dicho.»

Los soldados, después de escuchar el discurso de su adalid, quedaron estupefactos sin poder reprocharle palabra alguna, y sin decir nada bajaron la mirada. Nacho Oporta, recostado en la gamba de un almendro, pensaba: «Parece que los he convencido, a simple vista observo que estos chavalos son valientes y están bien entrenados, estoy seguro que vamos hacer verga a la contra». Ignacio hacía memoria de una de las frases de Sun Tzu, en su libro El Arte de la Guerra que había leído tiempo atrás: «La posibilidad de la victoria radica en el ataque». Entonces, él concluía que a la contra había que atacársele sin piedad.

Pero, su meditación fue interrumpida cuando un mortero RPG-7 cayó cerca de él. «¡A las armas, nos atacan!», gritó. Al instante, todos los soldados tomaron posiciones y después de las órdenes de Nacho Oporta, la arenga: «¡Vamos soldados, monten verga!» Y al grito de ¡Viva Sandino!, se trabo el combate.

Nacho se movía de un lado a otro disparando sin cesar y, de vez en cuando, por sus disparos veía cómo se desplomaba un contra, y decía en voz alta: «Llevo seis… llevo ocho… voy matando a diez». El cabo que se mantenía a su lado, lo miraba con frío desdén, su rostro reflejaba la incredibilidad. Las ametralladoras retumbaban, las AK-47 de ambos bandos tronaban, se escuchaban explosiones de granadas de manos y en medio de aquel bosque, la batalla arreció.

Don Nacho sudaba a chorros peleando, de pronto se le acercó un soldado y le dijo:

—Señor, tenemos dos bajas. Ellos son más que nosotros, estamos peleando 150 contra 40.

—Eso qué tiene que ver –responde Nacho airado, ya empezaba a cansarse.

—Tenemos que retirarnos, señor. Nos están rodeando.

—Eso ni lo sueñes. ¡Aquí nadie se corre! El que da las ordenes soy yo. ¡Vamos, qué esperan! ¡Sigan disparando! Y recuerden… el que se corra, ¡lo tiro! Eso ya lo saben.

Entonces los soldados disparaban sin parar, pero miraban imposible hacer frente a la contra que los superaban en número.

Media hora después, los soldados de Ignacio iban retrocediendo. Él gritó a pulmón abierto: «¡No se corran, jodidos! Al que se corra lo tiro. Después no digan que no les advertí. ¡El que se corra lo tiro!» Ante semejante advertencia, los combatientes no hallaban qué hacer, pero ante la lluvia de plomo que les estaba cayendo, uno a uno se escabulleron entre la maleza y los tacotales; usaron como escudos los bastos arboles de la montaña enrumbándose hacia El Castillo, porque ya tenían encima a los contrarrevolucionarios.

En otro ángulo, en la posición más ruda del combate, Nacho Oporta, valiente se batía plomo a plomo con el enemigo, sacándole chispas y humo al fusil en cada disparo, y a la vez, gritaba a sus hombres: «¡El que se corra lo tiro!» Pero a esa hora, ya ninguno de sus jóvenes fieros lo escuchaba.

Ignacio cesó de disparar y reflexionó en sus adentros: «Me dejaron solo estos maricas. Me las van a pagar. Yo no soy un hombre cobarde, pero si me quedo aquí, la Contra me corta los güevos». Y salió corriendo a toda velocidad entre la montaña como alma que se la lleva el diablo, o quizás, como una mula cerrera tratando de salvar su cacaste. Eso fue como a las seis de la tarde, cuando los sancudos empiezan a aullar y las ranas a croar.

Horas más tarde, se le vio llegar a El Castillo, sucio y remojado, sin la mochila ni el AK-47 que, en la fuga por salvar el pellejo, quién sabe dónde la dejó.

 

Nueva Quezada, El Castillo, Río San Juan.

27/07/2018