Medardo Secundino

Eugenio E. Tórrez Díaz

El día que mataron a Fermín Díaz Balaguer el país entero estaba en guerra; en los supermercados, inició recordando Medardo, no había nada que comer; las filas en las gasolineras de automóviles en las calles y avenidas eran kilométricas, al igual que las filas en los puestos de abastecimiento en donde te daban por medio de unas tarjetas de racionamiento una manteca rancia y oscura, dos pelotas hediondas de jabón de lavar que no hacían espuma, una pasta de diente sin flúor ni menta, que resultaba mejor lavarte los dientes con carbón o bicarbonato o por ultimo con sal y limón, un desodorante marca «Odorono» sin perfume que no te protegía, un arroz todo quebrado y sucio, unos frijoles negros y grandes como las vitaminas biterra que ya no las encontrabas en las farmacias que habían dejado de existir. Y lo peor de todo era que nada era regalado, pero como todos eran millonarios por causa de la inflación, todo aquello redondeaba más o menos los doscientos cincuenta millones de pesos/córdobas.

La gente manejaba costales de dinero en sus casas y cuando salían a la calle llevaban su costal al hombro por miedo a que se los robaran. A diario los apagones por la noche eran encajes del oficio de la revolución y en cualquier instante venían de la montaña los muertos envueltos en bolsas negras o metidos en ataúdes en donde a veces lo que venía dentro eran adoquines o matas de plátanos, porque no habían podido traer el cuerpo, y por eso el día que mataron a Fermín todos en Diriomo dudaban que estuviera dentro del mismo, porque no dejaban destapar el ataúd, ya que los militares advertían que el cuerpo del joven estaba muy descompuesto y podía provocar una epidemia.

Toda la noche en la vela la gente pasó hablando de lo mismo, hasta que a medianoche un grupo de campesinos destaparon el ataúd y efectivamente el cuerpo de Fermín no se encontraba dentro y lo que encontraron fue una cepa de plátano con unos adoquines y una bandera del partido en el poder. De inmediato los militares fueron linchados y un grupo de jóvenes presentes en la vela se comprometieron a ir a sacar el cuerpo de Fermín que habían dejado enterrado en la frontera con Honduras por encontrarse este en total descomposición. Los valientes jóvenes así lo cumplieron y en una bolsa plástica trajeron un domingo de ramos algunos restos del joven, y dentro de una bolsa venia un anillo que la madre identificó como perteneciente a su hijo, este es mi hijo, terminó diciendo la mujer más aliviada.

Aquel día, el pueblo entero estuvo más tranquilo velando los restos de Fermín. Este hecho se repetía casi a diario a lo largo y ancho del país, en donde la vida no valía nada y el amanecer era una tentación, en donde además la penetración política e ideológica que Cuba y la desaparecida URSS creaba un fanatismo desmesurado y al igual que el opio carcomía la absurda conciencia de los más comprometidos con la guerra civil que la dirigencia revolucionaria había conllevado al pueblo. Mientras Ronald Reagan el actor y vaquero de fantasía de la presidencia de Estados Unidos era el dolor de cabeza de los más enajenados y la mayor justificación de todo lo que pasaba. Por algún tiempo el actor estuvo enviando al avión conocido como pájaro negro a fotografiar a la velocidad del sonido el país entero para una supuesta invasión militar que nunca se dio, pero que provocó que los comités de barrio que controlaban hasta los pedos que la gente se tiraba, mandaran a la población a excavar hoyos con forma de «ele» en donde la gente se tendría que meter al momento que los aviones de los invasores vinieran a bombardear. En una reunión hasta salió el actor fotografiado en el periódico dándole la mano al secretario general del partido con el argumento que le daba la mano por educación no porque se lo mereciera y a los pocos días este mismo dirigente en una manifestación salió azuzando al vaquero de fantasía diciéndole a grito partido… señor Reagan no le tenemos miedo, aquí lo esperamos… como si realmente él lo iba a estar esperando.

La vida en la capital era un desastre, jamás en la historia de aquel país se había visto algo semejante, porque no había nada en los supermercados, ni siguiera los cigarrillos tenían filtros, era la ausencia de hasta lo más elemental y una humilde señora vende cajeta le decía a su hija que «ni machos había en el país, no porque se los hubieran llevado a la fuerza al servicio militar sino porque ni toallas sanitarias habían». La vida en la capital era lúgubre, fúnebre, mustia y poblada de malva tristeza y el papa Juan Pablo II en una venida que hizo a ese país la llamó «la noche Oscura». La gente se comenzó a ir y las calles se fueron poniendo más solas, el sol se detuvo sobre el país, como por ciento cincuenta años decían los más entendidos como Oscar Áreas premio nobel de la paz. El cañón rugía en el territorio nacional y su suelo se teñía con la sangre de hermanos. Y el dirigente y futuro dictador cometió el error anunciado con anticipación por su barbado tutor cubano de convocar a elecciones, en donde el espíritu del verdadero presidente de la república y mártir de las libertades públicas asesinadas cobardemente antes del triunfo resultó ganador a través de su amada esposa.

Medardo Secundino sentado en su poltrona recordó también el día que su padre lo llevó por primera vez  a ver la pelea de gallos en la gallera de la hacienda el Tamagás en donde su padre era uno de los mayores apostadores y poseedor de los mejores ejemplares de la zona, Plutarco su hermano mayor era el encargado de preparar a los hermosos ejemplares de crestas rojas y carnosas que eran cortadas por Medardo y su hermano y que luego se las comían en unas suculentas sopas, eran unos animales de picos corto, grueso y arqueado de plumajes abundantes, lustrosos y a menudo con visos irisados, con tarsos fuertes y armado de espolones.

Desde muy temprano Plutarco se encargaba de sacarlos de sus jaulas apiladas en el patio en donde había más de un centenar de ellos, los amarraba de una pata con una manila de bailar trompos que sujetaban en el suelo en una grapa de hierro con forma de U invertida, ahí Plutarco los comenzaba alimentar y a darles agua uno a uno hasta el momento que su padre se terminaba de levantar y cuando el viejo lograba sacar su viejo Land Cruiser a la calle, don Medardo le ponía a los animales  unas pelotitas en forma de pequeños guantes de pelea, le daba vueltas en el aire, los sobaba, le daba aire con la boca y demás hasta ponerlos a pelear entre ellos mismo, los entrenamientos duraban hasta bien entrada la mañana, luego don Medardo salía a trabajar de agrimensor de la compañía de energía Luz y Fuerza en tiempos del dictador liberal, mientras doña Hilda su esposa, se quedaba al frente de la casa dándoles órdenes a sus hijos y al centenar de gallos.

Medardo se arrellanó en su lugar y recordó también el día que mataron al rebelde de Margarito, José su hermano mayor se encontraba ese día en la venta de doña Delia despachando junto con Edwin alias la momia. El paramilitar vestido de civil llegó muy tranquilo a la venta preguntando por Margarito, cuando precisamente este se encontraba en el counter de la pulpería tomándose una cerveza y al oír su nombre le dice que era él, y fue en ese breve momento cuando el paramilitar conocido como Estrella sacó su Colt 45 y le disparó casi a quema ropa al joven. José y la momia se tiraron al suelo en el preciso momento que caía una bolsa de pan llena de hierba y al escucharse la detonación en la propia entrada del establecimiento se termina de asomar el comandante Johnny, a quien Estrella lo marcó en la frente dejándolo tirado en las gradas. En ese instante, Estrella salió corriendo seguido a su vez por Mario conocido como Chapalito, quien lo siguió con pistola en mano hasta el callejón de los Chavarría en donde tenía parqueada una moto frente a la casa de Armando alias cara de muerto a quien el Chaparral todos los dos de noviembre le jugaba la broma de irle a dejar una corona de flores. Ahí, en ese lugar sentado en un riel que se encontraba arrimado en el muro de la casa de Armando, estaban escuchando el concierto de rock de la tarde Ramón López, Lester Murillo, el Cejón y Armando, quienes al ver venir al criminal con arma en mano se tiraron dentro del jardín de la casa y se escondieron debajo del Hillman viejo del papá de Armando.

En realidad no era su hora, se dijo Medardo recordando el momento de cómo el paramilitar sin problema alguno encendió su moto y en un santiamén salió volado, mientras Mario le disparaba sin poder acertar al criminal que solamente el día del triunfo de la revolución fue capturado por los muchachos por el lado del «Puente de León», mientras en la  venta una señora vende cajeta entre la barricada de gentes, al ver cómo el occiso trataba de meterse los sesos por la frente entre el charco de sangre en las propias gradas de la entrada de la pulpería, a grito partido repetía: «… y todavía el hijueputa se fue y todavía el maldito se corrió y todavía el hijo de perra se escapó…»

Medardo recordó también cómo una tarde por el lado de la gallera del Mercado Oriental le robaron el land cruiser a su padre, don Medardo antes de llegar a la gallera penetró dentro de la fila india de compradores en donde le restregaron el pregón, el sopor de la tarde era intenso y al llegar a donde fue el cine México, logró comprar un frasco de almíbar de mango para llevárselo a la querida que se encontraba enferma en Chichigalpa. De ahí se fue directo a la gallera en donde al bolsazo o azar logró ganar una apuesta sin querer en el preciso instante que le pasaban la cuenta a Heberto un matón de la gallera que se encontraba borracho y tirado en una banca, quien se quedó dormido para siempre con el pecho manchado de sangre.

Don Medardo salió corriendo de la gallera con el corazón en la mano y cuando llegó a la gasolinera del mercado se dio cuenta que se habían llevado su mula metálica, aquel día, luego de poner la denuncia del robo en la policía se fue a su casa en bus muy apesadumbrado y consternado, sintiendo que un trozo de su vida llegaba a su final, porque desde que tenía memoria ese vehículo era una extensión de su existencia, Medardo no concebía su vida sin aquella inglesa bestia metálica, y al mes de lo sucedido el vehículo apareció desmantelado por los linderos del Mercado Oriental y poco a poco don Medardo lo fue levantando hasta hacerlo caminar otra vez.

Una noche mientras venia de jugar a los naipes en la casa del gordo Rocha quien tenía la costumbre de apostar a su voluptuosa mujer cuando ya no tenía dinero, don Medardo se orilló en la carretera y se quedó dormido con la cabeza en el timón. Esa misma noche el papá del negro Denis había perdido su taller de mecánica a los naipes y el negro afeminado de Bernabé su Volvo clásico. Doña Hilda con la partida de su esposo terminó vendiendo los gallos que la tenían casi sorda, porque cuando cantaban lo hacían al unísono y por la mañana le ponían los nervios de punta. Plutarco se fue a vivir al exterior junto con José, y Medardo hijo se fue a vivir a la montaña con el gallo cruzado que su padre había encubado en secreto. Y una noche cuando cruzaba la 35 avenida doña Hilda falleció junto con su hija enferma Matilde, ambas fallecieron trágicamente por un motorizado que venía ebrio.

Medardo luego de llegar de la gallera muy contento con su enorme ejemplar en el sobaco, se levantó de su asiento sacudiéndose los recuerdos y arrastrando los pasos por todo el piso de madera, se fue directo a ver caer el sol entre los cerros, y su mujer como siempre le llevó su cascado pocillo de café al portón de golpe de la entrada de la Hacienda de los Baca, en donde ambos se quedaron calladitos mirando caer el sol entre la estepa ensombrecida y la bruma.

Una radiante luna del mes de mayo iluminó todo el valle y el gélido viento de invierno se hizo sentir con fuerza, mientras por el camino que conducía a la hacienda lograron ver las siluetas de una fila de personas armadas que venían caminando hacia la hacienda pegando gritos: «… Medardo Secundino ahora o nos pagas todo lo que ese falso gallo nos ha ganado desde que viniste o te pasamos la cuenta miserable…» Ambos al ver aquel grupo de hombres temieron lo peor o lo que siempre habían esperado que les sucedería por andar jugando en la gallera de la zona  con el  gallo híbrido que los había hecho millonarios y que era para ambos la representación del mismísimo dictador en el poder a quien le habían ganado una apuesta ese día.