Juancho

Jarín Lenín Pérez Oporta

Entre el cielo y la tierra un gran abismo se expande, entre el rico y el pobre la injusticia brilla. Este era Juan Báez, un ser humano que de Adán recibió por el pecado, al igual que todos, la imperfección de la naturaleza. En el pueblo lo llamaban Juancho por cariño, otros simplemente le decían Juan y otros, más crueles, lo nombraban Juan Dundo, debido a lo que se consideraba una deficiencia mental: de vez en cuando no razonaba bien.

Juan vivía en las afueras de un pueblo llamado Laureano Mairena, nombre de un guerrillero. No se sabía quién era su madre, menos quien lo engendró; solo se le veía cuidar a una viejecita a quien le decía mamita. Esta señora, por su ancianidad, no podía trabajar, de vez en cuando le preparaba la merienda a Juan.

La anciana estaba afectada por reumatismo, entre otras dolencias que la agobiaban; en ocasiones se le bajaba la presión arterial y se desplomaba por poco tiempo, cuando esto sucedía su muchacho corría hacia ella, la tomaba en peso y le daba sus pastillas y jarabes que le compraba con dinero bien ganado.

Ante las calamidades que se presentaban, Juan, el infeliz, buscó chamba en la comarca donde yo residía, ahí también vivía la acaudalada familia Borge que se lamentaba por vivir entre proletarios, el apellido lo pronunciaban con acento severo.

Todas las mañanas, cuando despuntaba el alba, se escuchaba el silbido alegre de Juan que se mezclaba con el trino de las aves. Ai va Juancho, decía la gente, es un buen trabajador. ¿Qué lo pondrán hacer hoy?, se preguntaban.

Cuando yo veía pasar a Juan, le preguntaba:

—¿Para dónde vas, Juan?

—Ai voy a trabajar para la comidita y para echarme unos tragos.

Y entablábamos diálogos cortos y platónicos, filosofando en el por qué nacimos tan pobres. Él me argumentaba que yo era rico y afortunado, porque tenía mamá y hermanos, dejándome meditabundo. El buen Juan no sabía leer ni escribir, nunca fue a la escuela, convirtiéndose en presa fácil de los burgueses del barrio, los Borge.

A las seis de la mañana, bajo los primeros rayos de sol, el sonido seco del hacha en el madero interrumpía el canto de las aves. Dos horas después, en el patio de aquella casa grande de dos pisos, se apilaba la leña como cerro, y un joven musculoso, sin camisa, de espaldas bronceadas y fornidas, sudoroso, con hacha en mano y respiración profunda, pero serena, delataba mucho cansancio. Ese joven que parecía atleta, era Juan.

Después, Juancho halaba agua de un pozo y se remojaba como un pollo en invierno. Su ardua labor la cumplía diciéndose en cada viaje: «Me faltan nueve barriles… ocho… siete… seis…» Y así, sucesivamente. Me indignaba ver al infeliz, pero a mis ocho años no podía hacer nada.

También lo ponían a atrapar gallinas, limpiar el corral y una letrina abonera, hacer mandados a una pulpería que estaba a dos kilómetros de distancia, botar mierda de gallinas, y tantas cosas más. Cuando el día terminaba, Juancho apenas tenía aliento para hablar; quedaba sucio como piruca de fiesta patronal. Resultaba agotadísimo.

Tirín tirín… Tirín tirín… sonaban las monedas en las bolsas de su pantalón cuando pasaba muy contento a las seis de la tarde. «Nadie tiene plata como mí», les decía a los chavalos del barrio. Él se alegraba al ver su dinero que no podía contar, era el pago miserable que le daban los Borge al «muchacho enfermo». Con aquel dinero bien ganado, compraba una pequeña provisión de comida y las pastillas que la abuela esperaba con ansias, para sobrevivir la noche. Este era el afán de todos los días.

Una mañana, el buen Juan despertó como un águila, con energías renovadas; se levantó de su tapesco donde dormía y se dispuso a trabajar, en casa tenía que dejar preparadas las condiciones para que su abuelita sobreviviera: juntó un poco de leña, barrió la casa, lavó un tanto de ropa y la tendió al sol. Luego, tomó un balde plástico y bajó la cuesta hacia la pila donde tomaba el agua para dejar a la mamita y que no pasara sed.

Silbando, tomó el camino escabroso, acompañado de las aves y con el airecito helado de la mañana. El sol brillaba y Juan corría muy feliz guindo abajo, hasta que llegó al manantial, donde el agua se derramaba a chorros y las vertientes se veían burbujear. Se respiraba frescura. Dio un sorbo que alivió su garganta.

Donde antes había hecho una especie de pila que apresaba el agua, se inclinó para llenar su recipiente. Instantes más tardes, Juancho cayó bruscamente en la pila, cuyo fondo no tapaban sus rodillas, pero su profundidad fue suficiente para la fatalidad. Se revolcó violentó y gritó. Su lengua se torció y su cuerpo se enrolló como poseído por un demonio. Las convulsiones fueron terribles. Nadie lo vio, nadie lo escuchó. Hasta que se ahogó.

Aquel día, la mamita no tuvo agua ni pastillas para la presión.

 

11/03/2018.