El sueño de Belén

Alberto Juárez Vivas

Clan, clin, clan… El sonido de las campanas de la iglesia llegaba como susurro hasta la habitación de Elisama Belén. Ella guardaba debajo de la almohada, con mucho cuidado, su cartita al niño Dios. Suspiraba de contenta, porque dentro de unas cuantas horas recibiría los regalos que había pedido. Sus padres la persignaron y la acomodaron en su cama; sobre su cuerpo frágil dejaron caer delicadas las sábanas que tanto le gustaban, por los dibujos de Mickey Mouse que tenían impresos. Elisama Belén cerró sus ojos y muy pronto se quedó dormida. Y soñó con el arbolito nuevo que adornaba la sala de su casa, lo miró rebosante de adornos, con bolitas de colores de cristal y de plástico, luces, estrellas, lazos, espumillones, guirnaldas y rodeado de muchos regalos, con sus bujías intermitentes que desprendían también música navideña. Decidió revisar entre las cajitas, quería asegurarse que estuvieran también sus regalos. Pero la invadió la tristeza cuando no encontró los suyos, pensó que santa los había dejado en su castillo de juguetes.

—No estés triste, pequeña –se escuchó una voz que parecía venir del arbolito.

—¿Quién es? –preguntó Elisama Belén.

—Soy tu Ángel de la guarda.

— ¿El que me cuida todos los días?

—Sí, el que vela por los niños buenos como tú.

— ¿Has visto mi regalo? –preguntó Elisama al ángel de la guarda.

—Está esperando por ti.

—¿Dónde? –volvió a preguntar la niña, impaciente.

—Están sobre tu almohada.

De pronto, Elisama Belén sintió que el arbolito la abrazaba muy emocionado con sus ramas y la llenaba de mucha ternura. Entonces, lentamente se despertó; cuando abrió bien sus ojos, se puso feliz al ver que sus regalos estaban en la cabecera. De su rostro escapó una sonrisa brillante. Abrió los regalos uno por uno ante la mirada contenta de sus padres. Encontró la muñeca que había pedido, de largo cabello negro y encrespado, ojos azules, cara blanca con una sonrisa grande, con vestido y sandalias cafés. También la cocinita con sus detalles y un juego de belleza, ambos de plástico. Y… encontró un bonito vestido rosado estampado de flores, justo a su medida, también. Pero…

—¡Qué raro! –murmuró la niña mientras abrazaba su muñeca.

—Ese vestidito yo no lo pedí, seguro se le cayó del trineo a santa.