Pedime lo que quieras

Milena del Socorro Ruiz Valle /
Docente LCIC

Estaba en quinto año de bachillerato en la nocturna, cuando noté que me miraba de manera continua un hombre ojos muy cafés, un poco más alto que yo, con vestimenta sincronizada, pelo café, risueño y labios carnudos. Aún recuerdo cuando me buscaba. Se notaba muy cansado, con un semblante trabajador.

En la hora de recreo se acercaba y me llevaba regalitos, me invitaba al bar. De repente, el hombre agarró valor y se me declaró:

—Muy bien, hemos compartido muchos momentos gratos, ¿no crees? Ahora solo te pido un Sí.

—Ajá, ¿de qué se trata? –le pregunté.

—Quiero que seas mi novia. ¿Te gusto? –me propuso.

—Sí, me gustas. Y te acepto –le dije.

Él llegaba a mi casa como amigo, me explicaba Física y Matemática en una pizarra. Mi madre de larguito miraba todo el afán.

Mi hermana y yo salíamos juntas. Ella sabía del noviazgo con aquel hombre, a quien en realidad solamente le tuve cariño, no lo amé. Mi objetivo era estudiar, coronar una carrera universitaria y hasta después casarme.

Un sábado nos fuimos a una fiesta y él llegó. Eso fue lo pactado. En mi casa se quedaron de visita dos mujeres que jamás había conocido antes.

Camino a la fiesta, mi hermana dijo:

—¿Te fijaste en las visitas?

—No.

—Se parecen a tu novio –continuó diciéndome.

—No las vi bien –respondí.

Cuando llegamos al local de la fiesta, le pregunté a mi novio si una de las personas que había visto, según la descripción de mi hermana, era su madre. Él, pensativo, pronunció un rotundo No. Luego, siempre describiendo, le pregunté si la otra mujer se trataba de su hermana. Y de nuevo el No.

En los servicios higiénicos le conté todo a mi hermana, y esta me afirmó que no se equivocaba, que al menos una de aquellas mujeres tenía algún parentesco con él. Salimos tranquilas. Bailamos y nos tomamos un par de cervezas, besitos y chao.

Cuando llegamos a casa, mi mamá le ordenó a mi hermana que se fuera a dormir, y me dijo:

—Milena, vení, quiero contarte algo… ¿Viste a esas mujeres?

—Sí, pero no me fijé bien. ¿Quiénes eran?

—Son la madre y la hermana de tu novio. Quiero que le digas: Dice mi mamá que ya no quiere que llegues a mi casa, que ya no somos novios y que tampoco seremos amigos, porque sos casado y tienes cuatro hijos.

Yo me asusté, ¡Aaahhhh!… En realidad, no sabía nada de su vida, él nunca me habló de eso y yo nunca le pregunté.

Al día lunes siguiente, me encontraba nerviosa. Tenía en mente todas y cada una de las palabras de mi madre. Él llegó muy feliz.

—Hola, mi amor. ¿Cómo has pasado el día? –y me propinó un beso que yo acepté, e inmediatamente después, respondí contándole todo lo que recién había sabido.

—No, Milena. No puede ser, no sé con quién me están equivocando. Todo esto es falso, yo te amo –me dijo el novio y soltándose en llanto, prosiguió–. Sigamos siendo novios, pedime lo que sea que yo lo hago.

Bien sabida estaba que no era la princesa Lady Di, pero también estaba clara de la fuerte posibilidad que él solo deseara mi virginidad. Entonces, con malicia, le dije que todo estaba bien, que nos daríamos la oportunidad, en supuesta desobediencia a mi madre.

Pero claro, como él me había dicho que le pidiera lo que sea, de inmediato, esa misma noche casi a las nueve, le pedí que me llevara a su casa y me presentara como su novia. Él respondió negativo y me dijo que le pidiera otra cosa, cualquier otra cosa.

—Eso es lo único que quiero –le dije–. No otra cosa.

Y pues, en ese mismo momento y sitio acabó todo con él. Mi madre, una vez más, salió victoriosa. Y por supuesto, yo también.

¡Qué haber mujeriegos, ah!

Granada, 17 junio 2015.

 

(Este relato fue escrito en uno de los encuentros de la metodología Leo, comento, imagino y creo -LCIC- implementada por Visión Mundial Nicaragua y Acción Creadora Intercultural -ACIC- a niños y docentes de cerca de doscientas escuelas de primaria, en el período 2013-2016. En ese tiempo, la maestra Milena del Socorro Ruiz Valla, autora de este relato, fungía como directora de la Escuela Margarita Urbina Ortiz).