Gigante

Enrique José Granados Torrez

En la escuela yo tengo un amigo gigante que se llama Ronald Amaya, y por cariño, nosotros los alumnos, le decimos Nono. Cuando llega a clase, él se sienta en la primera fila, lugar que prefiere para tomar apuntes, porque desde ahí escucha claro el mensaje de la maestra. También, desde ese lugar, evita ser distraído por algunos alumnos que siempre se sientan en el fondo del aula.

La maestra, al entrar, muy contenta nos dice:

—¡Buenos días, niños!

—¡Buenos días, maestra niña Teresa! –respondemos muy alegres.

Después del saludo, veo que mi amiguito grande muestra incomodidad en su pupitre, parece que no alcanza, y los alumnos que están detrás se quejan porque con su cuerpo tapa la pizarra. La profesora al percatarse, le dice:

—Niño Ronald, por favor, quiero que se traslade al final de la fila, para que los demás alumnos también entiendan la clase.

Nono obedece las indicaciones de la maestra y, al momento de trasladarse, algunos alumnos aprovechan y se burlan, diciéndole:

—¡Nooono! Tu mama y tu papa son los culpables por haberte hecho muy ¡grandooote! –dijo Mario, extendiendo sus brazos como alas y los reforzaba con su boca hermosa.

—¡Nono, Goliat, aquí está tu David! –gritaba un niño poco ágil por lo gordito, se llamaba David.

—Nonono, ¿tete… escacaca… paste… dede… titierra… dede… gi… gi… gantes? –preguntó Nicolás con mucho esfuerzo. Él también quería dar una broma, aunque corriera el riesgo de que se le reventara una de las venas de su cuello.

Así jugaban algunos niños de mi año, neceaban a Nono, hacían chafas y ridículamente se provocaban risas y carcajadas:

—Ji, jijiji, ji, jijiji, Ja, jajaja, ja, jajaja –mientras el grandulón los escuchaba muy serio.

De tanta chacota, a Nono se le desfiguró la cara y tuvo deseos de golpearlos. La maestra recobró el orden y reprendió a los alumnos bromistas. Después de lo sucedido, Ronald, ya tranquilo, levantó su mano para pedir la palabra y al ser concedida, dijo:

—Maestra niña Teresa, pido disculpas, mis compañeros me hicieron perder el control, pero solicito a mis amiguitos que no me maltraten, porque yo no les doy bromas pesadas. Me gusta tener amigos, pero con respeto.

«También es bueno que sepan que soy un niño feliz, así como soy. Mi tamaño lo aprovecho en buenas acciones, pongo en alto al colegio en las competencias deportivas y soy buen alumno aquí, en la China, en Chinandega y en el lugar que sea.

«Protejo a mis amigos por si alguien quiere hacerles daño. En mi casa hago los mandados a zancadas y cuando paseo a mi perrito, le doy frescura con mi sombra. Soy muy feliz, porque mis padres me dan amor; ellos dicen que ese es el secreto de mi grandeza.

«Cuando un abusivo me dice «Grandote para nada», mis padres en mi defensa responden: «Nuestro hijo no es cualquier gallo, tampoco es gallo Porroco. Nuestro chavalo es gallo fino, es ¡Un pollo bien sacado!».

«Y repito la frase porque en verdad me siento «un pollo bien sacado». También estoy claro que mi grandeza no está en mi tamaño, sino en mi corazón bondadoso, en mi espíritu de superación, eso me hace tener una aptitud gigante, frente a la vida que comienzo.»

Las palabras de Nono me impactaron y trastabillé sin recibir una pedrada. Lo miré ¡Enooorme! O sea, más gigante de lo que era. Mis ojos brillaron de admiración. Y estallaron risas, gritos y aplausos de todos los niños de mi primer grado a favor de los valores del gigante. La alegría continuó hasta que tronó el pedazo de riel por el martillazo que le dieron, era lo que funcionaba como campaña para anunciar nuestros recreos.

Como venaditos dentro de la huerta salimos corriendo para jugar Arriba. Cuando Nono corría, la tierra y los árboles temblaban. Este juego consiste en formar dos equipos: un primer grupo se escondía para no ser capturado, y después, liberaban a los que caían presos; el otro grupo se encarga de capturar y cuidar a los presos para que no sean liberados.

Creo que lográbamos velocidades de murciélago en nuestras correderas; el radar de nuestras orejas, apenas sentíamos el soplo de nuestros cuerpos. Una de esas, cuando el niño Orlando chocó contra mi pómulo izquierdo, miré un montón de estrellas. Y quedé tendido en el suelo.

Dicen que me pusieron hielo en la cara para desinflamar, pero el cachete creció como una chimbomba al soplarla. Nono se afligió, más aún cuando vio que alrededor de mi ojo nacía un arcoíris que tiraba colores verde, azul, morado y rojo. Pero, se puso peor cuando vio el agujero negro que se movía en el fondo de la cuenca del ojo. Mientras el pómulo se hinchaba, el agujero se tragaba el parpado y la pestaña de la parte izquierda de mi cara.

Todo había sido un juego imprudente y el choque fue una contingencia.

A pesar de haber sido noqueado, me encontraba fuera de peligro. Nono, junto con otros compañeritos, me ayudó para que ingresara a la ambulancia y antes de que partiera, con tristeza en su rostro me preguntó:

—¿Cómo te sentís amigo?

Quise contestarle, pero no pude porque tenía vendada mi mandíbula. Entonces, recordé que tenía el ojo derecho bueno y que también jugábamos al pirata de vez en cuando.

Le hice la señal: cerré y abrí tres veces el único ojo bueno que tenía. Él también lo hizo con una sonrisa. Nos entendimos con esa señal y jugamos a los piratas en versión Charles Chaplin al estilo cine mudo. Con señales entendíamos que, a pesar de la desgracia, todo estaba bien. Mientras él presentía que estaba cerca del tesoro de mi salud, yo descubría el preciado tesoro de su amistad. Desde entonces tengo a un amigo gigante.