Nadie me cree

Gerson Cordero Sánchez /
Estudiante de Psicología, Universidad Humanista.

Nadie me cree, no me sorprende. En un mundo donde urgen los milagros, los dioses y la necesidad de vida eterna, los cuentos como estos son mentiras de locos. Yo vengo a dejar mensaje de muerte, sin esperanza, con esperanza, sin dolor, con dolor, solo morir. Quien concilie los sueños con la muerte, sabrá la verdad de vivir y la razón de morir.

Sigilosos traspasábamos el pabellón 56, nos veíamos sorprendidos, esperábamos un ataque, pero era irreal.  Ver sus rostros me llenaba de ansiedad, los imaginaba muertos, como nuestros compañeros, sus rostros desfigurados por las balas, respiraba miedo.

Íbamos tres, Alberto, Rosa y yo. Atentos a cualquier movimiento, cualquier paso en falso significaría un balazo. Nuestra misión era salvar a un muerto, nuestro amigo Luis. Fue uno de nuestro grupo de cuatro, lo sorprendieron en el portón, balas tras balas, él era uno de los pocos con arma, por eso se quedó. Pero, qué hacer con un franco tirador, recibió un certero disparo en la cien y murió. Decidimos ir por su cuerpo, no dejaríamos que su cuerpo fuese profanado, pisoteado por esos perros. Después de meses debatiendo la muerte, no importaba. Nuestra amistad trascendía la vida, siendo nada la muerte. El cuerpo sería el trofeo en su funeral.

Acostado en la tierra fría, frente a las aulas de clases, sentía que el suelo se unía a mi piel, era esa pesadez de terror. Estábamos separados, como un metro de distancia, pero eran como kilómetros. La noche se lucía con su luz. Urgido buscaba sus rostros vivos, pero estaban más pálidos que la Luna, caras de muerte. No queríamos ser mártires, solo traer el cuerpo, que pudiera ser enterrado.

Alberto era el más experimentado, se levantó el primer día de protesta. Estudiaba en la capital, su hogar era el norte. Según él, su familia lo respaldaba en la lucha, su madre no se opuso ante el peligro que atraía siendo estudiante. Estudiaba las leyes, decía que estos crímenes no tenían juicio legal, sino espiritual, de Dios. Lo admiraba por oponerse como líder estudiantil al gobierno, uniéndose a nosotros los atrincherados, todos dudaban de él, menos Rosa, Luis y yo.

Los veía tirados, esperando la señal para movernos. Me preguntaba porque estaba aquí con ellos, si tenía familia y esperaba un bebe. Fue el acto más egoísta que realicé, quise vivir la realidad de esta lucha desordenada, pero nunca llenaron mis expectativas, moriríamos de puro gusto, por diplomáticos que jamás verían rostros de todos los muertos. Recordaba un cuento de Lizandro, donde el personaje hablaba a su último amigo, un perro. Le decía, «creo que iría mejor en una república de perros.» ¡Por supuesto que iría mejor con una república de perros! No existirían los políticos ni promesas humanas, ellos se conformarían con los huesos y al pueblo la carne.

Verlos me daba confianza, pero en segundo sudaba a chorros. Qué haría con mi mortero, Rosa con su resortera y las piedras de Alberto. No éramos nada ante las balas que rozaban las hojas cada segundo. Se me venían recuerdos vagos del treinta y uno de diciembre, por tantas detonaciones y olor a pólvora, solo es triquitracas, no temamos. Pensaba.

Rosa me bridaba tranquilidad, tener un semblante femenino me daba más confianza. Ella era de la capital, marginada en el mundo del metal, drogas y conciertos. Huyó de su casa a los catorce años, su papa la violaba y su mama nunca le creyó. Se refugió en el alcohol y el sexo masoquista castigándose con placer. Ella nos contaba sin preámbulos su vida, no era normal, pero vivía con ello. A sus veinte tres años ya había vivido mucho, su semblante frio, seco, aparentaba mayor edad.

Las balas y gritos no dejaban de cesar. ¡MECHA! ¡MEDICO, MEDICO! Esas palabras determinaban mi ser, llenaban de miedo hasta los huesos. Mis trémulas manos solo sostenían el cigarro que quería encender, pero la chiva será un tiro directo a mi boca. Me concentré en la misión, rescatar el cuerpo, era la hora de seguir. Nos arrastramos un poco antes de llegar al baldosado, teníamos que subir unas gradas, pero un bombillo exactamente arriba de ellas nos dejaría en plena luz, Rosa tenía que actuar, los tres pensamos lo mismo, automáticamente Alberto y yo miramos su resortera que brillaba. Tomó una chibola, cargó y apuntó. Un punto blanco salía de las sombras, pero falló. Al segundo intento acertó, el bombillo explotó e hizo un fuerte ruido. Nos quedamos viendo con temor de ser descubiertos, pero nos hablamos con la mirada. Entre tantas detonaciones era imposible percibir el bombillo explotar, solo era el miedo. Subimos intrépidos las gradas, camuflados por la sombras. Logramos por fin ver el cuerpo de Luis bajo una soleta. Arriba puntos brillantes, los pistoleros estaban ahí… cuando de repente escucho tras de mí.

—¡Aquí están otros hijos de puta!

Bastó un segundo para pensar, moriré… como un perro andaluz, en la universidad que nunca estudié.

Sentí un gran golpe en la nuca, su odio entró con fuerza, mi vista se nubló, me opuse caer. Cuando el segundo impacto cedía, una patada en los pulmones sacaba mis últimos suspiros. Me desmayé.

—¡Despertarte maldito cochón! Verás la gran función vos solito, qué afortunado.

Yo escuchaba a lo lejos, mientras lentamente abría los ojos y se acostumbraban a la luz. En frente de mí, Rosa era violada por cinco encapuchados, dos esperando turno, y entre ellos Alberto. Mi cerebro no procesaba aquella imagen, el dolor me invadió, pero no un dolor común, sentía que se me desprendía el pecho, una migraña jamás sentida nublaba mis ojos. Quise gritar, en ese instante supe que estaba amarrado a un pupitre, con un pañuelo en mi boca.

Un encapuchado decía:

—¡Aquí se defiende la revolución! No vendrán ustedes los idealistas tratando de encajar; sufrieron más nuestros mártires para lograr nuestro poder. Esto no es nada, no llores. A vos te andábamos siguiendo, pensaste que te dejaríamos vivo después de manipular colegios con tu discurso de liberación, de conspirar contra nuestro gobierno. Por ser débil sufrirás más, así es que disfrutá de tu muerte sin que te desmayés. Mirá a esta puta, solo le falta que pida más. ¡Queremos paz, aunque haya muertes! ¿Entendiste? Y si están con el imperialismo peor…

Ese discurso no era digno de mi muerte, me asqueo saber que moriría a manos de la miseria humana, los controlados por la pobreza y mala educación.

Me desmaye de nuevo.

Escuché una detonación. Sentí que mi pierna se desprendía. Me balanceé de dolor y caía al piso; mi pómulo se rompió. Quería morir sin dolor, pero el sufrimiento apenas empezaba. Estando en el suelo, uno me bajó el pantalón y penetró la punta de su AKA en mi ano, sentí cómo desgarraba mi piel, las gotas de sangre que salían con el arma. Lo repitió por cinco minutos, suficiente para no pensar en nada, solo en la muerte. ¿Le gustaba hacerlo? No bastaba la humillación de ser gobernados por sus jefes supremos.

Todo aquello era absurdo, ya no había lágrimas. No pensaba en nadie, ni en mi madre, pareja e hija. Por qué pensar en ellas cuando lo único seguro era morir, imaginar su luto, su sufrimiento, perdiendo las ganas de vivir. Pero en la muerte tuve esperanza; mis pensamientos me apuñalaban, no quería morir a manos de esos miserables. Me pregunté por qué nos traicionó Alberto, en qué momento pasó. No lo odiaba, pese a lo que me ocurría con las bestias. Ya nada me importaba. Él bien sabía que Rosa fue sobreviviente del mal trato, siendo nosotros su refugio ¿Por qué lo hizo? ¿Lo juzgará su Dios?

Rosa inició su monólogo:

«¡Mátenme! Si esto es vivir seré feliz muerta. Afortunada seria morir si me dispara Alberto, mil veces arder eternamente en el infierno que morir a manos de ustedes, que controlan a jóvenes como él. No tuve padre, ni madre, pero me parió un país que hace que soporte cualquier traición.

«¡Métanmela más duro!  Sus verguitas no son nada, ni para sus mujeres esclavas. ¡Bienvenidos al mundo del Sida, HIJUPUTAS!» –reía.

—¿Qué dijiste, maldita drogadicta? ¿Tienes Sida? –preguntó alarmado un encapuchado.

—¿Qué esperabas de esta perra, malnacido? –concluyó Rosa.

Todos se alejaron de ella subiéndose los pantalones, sus rostros estaban gobernados por la sorpresa y la palidez. Y tomaron de nuevo sus AKAS. Mientras los violadores digerían la noticia, Rosa gritaba y maldecía. Se arrancaba los cabellos como si sintiera placer. Era la muerte viva.

—¡Mátenme! ¿Esperan que se las mame? –y se carcajeaba como una demente.

El tiempo se detuvo.

Miré alrededor, estábamos en un aula y vi a los alumnos. Aquellas cuatro paredes ahora era un cuarto de tortura de estudiantes. Los encapuchados, incluido Alberto, se alzaron a patear brutalmente a Rosa. Ahí estuvo un viejo gordo apuntándome, se reía; observé su metamorfosis, de la especie que era se convirtió en un cerdo grasoso, repugnante.

Masacraron a Rosa y se originó una explosión. La luz encegueció. Varios de los captores cayeron al suelo, otros se arrodillaron y desesperados se jalaron los cabellos. Sus cabezas estallaron. Restos humanos esparcidos por todos lados. El viejo gordo que vi convirtiéndose en cerdo, gritaba paranoico.

—¡Una bruja! ¡Es una bruja!

Yo vomitaba. No lograba ver a través de la luz. Me orine del temor y sentía la sangre que salía de mi pierna y ano. Abrí los ojos, ahí estaba Rosa, brillando como una estrella, su belleza era angélica.

Se acercó y me dijo:

—No todos nacemos humanos; ni hombre ni mujer. Atribuyo el dolor de la mujer como supremo, pero en este mundo no hay mayor dolor que vivir. Por eso, Raúl, muere. Matate.

Y me acercó su bello rostro para besarme la frente. Mientras flotaba y se despedía con su mano, dijo:

—Cuando mueras serás feliz.

Han pasado cincuenta años y nadie me cree. Los intentos de suicidio han sido muchos. Dicen que soy un lisiado de guerra, un trastornado. Lo que sea, ¡pero aquello fue una masacre! Y cada vez que defeco, siento cuánto duele recordar el pasado.