Poemas de María Teresa Sánchez

(1918 – 1994)


Nota:
Los tres poemas que presentamos de María Teresa Sánchez, integran Antología general de la poesía nicaragüense, de Jorge Eduardo Arellano. Ediciones Distribuidora Cultural, Managua, 1984).

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Intento

En el río que brota sus raudales
pongo mi corazón estremecido.
Pongo en los mares,
y en el acento de las tempestades,
pongo mis latidos.

Pongo la sangre
en las horas violentas del verano
y en noches de luciérnagas henchidas
cuando se siente palpitar la vida,
pongo también mi sangre.

Al alba pongo el ensueño a mis ojos,
y forjo cuentos al amor del día,
donde un hombre de bello y dulce rostro
logre curarme la melancolía.

Mas mi esperanza es vana si no pongo
–en tanto el tiempo mi querer depura–
piedad y amor sobre las cosas
y sobre el cáliz muerto de las rosas
un poco de ternura.

Piedad desde el crepúsculo hasta el alba,
amor al cuerpo, ¡y comprensión al alma!

Los hijos de Dios no tienen techo

Los hijos de Dios no tienen techo,
y hambrientos, deambulan como espectros;
y tienen sed, y no hallan sombra para su sol.
Sobre ellos se ensaña la soberbia
de pequeños, humanos dioses despóticos,
que con sus estrépitos rompen la armonía
del viento.

Sembrad, pues, de trigo los desiertos,
endulzad el agua de los mares;
aplacad la ira de Dios:
Aquel que ha construido el mundo,
puede destruirlo.

La marcha

No termina la marcha. Hay que andar
a pasos lentos, a febriles pasos.
Siempre sufrir, vivir, llorar, amar,
para ser evadida de unos brazos.

Andar de aquella aurora a estos ocasos,
sentir sobre la sien el frío nevar;
y ya deshechos los postreros lazos,
las sandalias al viento, andar, andar.

Del principio del día al fin del día,
de la radiante aurora a la noche sombría,
de la húmeda montaña a la ignición solar:

Todo está combinado para seguir la marcha,
el sol de los veranos, del invierno la lluvia,
la música del viento y el rumor del ma