Poemas de Cántaros

Edgar Escobar Barba


Nota editorial de Henry A. Petrie:

En diciembre del 2002, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México, el poeta Edgar Escobar Barba y su madre, Yolanda Barba, publicaron un libro a dúo bajo el sello Ideogenia Editores, estructurado en dos secciones o pequeños libros: Cántaros (Edgar, doce poemas) y Baúl de los recuerdos (Yolanda, doce narraciones).

Fue durante una visita que hizo el poeta mesoamericano a la tierra de su madre, donde él había vivido por un buen tiempo, aprovechando las vacaciones de fin de año. Se trató de un sueño que vio realizado, eternizarse en un libro con su madre, de quien heredó la veta narradora. Ella había sido una escritora tímida, esencialmente creaba para sus hijos e hijas, para contarles o leerles algo. Y Edgar se fascinó tanto con aquellas historias y canciones que se arrobó de aquel numen.

Edgar amó tanto a su madre. Siempre me habla de ella y fui testigo de su empeño por fundir parte de su obra a la vida creativa de su progenitora, como una aventura de la que nunca saldrían.

***

Cántaros

Aún vacíos, los cántaros / están húmedos…
Así mi tierra, con tus labios, sueños agua,
ojos manantiales, y la riqueza de tu anatomía.

Las hermanas del río

Cuando las tres hermanas van al pozo del río
vienen aquí, y sonríen.
Sospechan que alguien se esconde tras los árboles,
siempre que vienen por agua.
Y ya hablan con el pozo y su río, y
les devuelve el mensaje
que entonan las aguas, y una que otra rana.
Y las tres sonríen:
cabellos, olanes o huipillis…
sonríen mandarinas de labios,
flores vestidos y sandías en las entrañas.
Hay alegrías
ya al andar hay risas en sus cuerpos de guitarra
–canta su boca ombligo–
y bailan sin música que las acompañe, al andar:
crótalos en las palmas de las manos
maracas en los senos
cántaros en las caderas.

Se turnan las tres hermanas para venir así al paraje.
Cuando pasan por aquí, se hablan al oído.
Echan suerte y adivinan el secreto de aquél
que se cubre tras los árboles y yerbas
que juega a ser espantapájaros
–con manos de vegetal o mono de madera–
Y creen: ¿Será el martillo de fuego del herrero?
¿El virote recién salido del panadero gachupín?
¿La moneda que suena del agiotista?
¿Quién de los tres o ninguno es?
Suena el cencerro, relincha o bala el monte
así sucede, siempre que vienen por agua.

Ahora –dicen– les sabe el agua, cantarina.

Cuando llegan las hermanas aquí,
y jarras y cántaros de barro
se resbalan de sus dedos, cabezas y cinturas
de aves peces,
y el agua se fragmenta en espejillos, diademas, canicas,
y cuencas del río
y se derrama a sus pies las estrellas matutinas.

Ya dos, ya las tres hablan y sueñan
como las primeras y las últimas gotas de la lluvia.
Ya buscan las tres hermanas en el rancho o en cada huerto:
¿Estarán en la hamaca del lago, o desvelado en algún
guayabal? O
¿arriba, al lado de la campana, vestido de palomo
haciendo un grafiti, pésimos versos?
Ya descubren que, al que se oculta tras los árboles
le palpita el corazón como el venado
por alguna o por las tres.
Lo han descubierto, y sonríen
–cada vez que vienen por agua–
Ríe el afluente del lago, los ajolotes
se hacen peces, y éstos
camarones.

Ellas pasan por el pueblo cuando toca la serenata
y pasan sin verlo
porque sus ojos de agua cantarina
sonríen al virote, al martillo
y la moneda que desafina.

Cuando vienen aquí, las dos o tres hermanas
se ven y sonríen: se dan mutuamente la espalda
–hacen círculo–
llegará el que imaginan, y creen que al llamarlo,
viene y las toma, les roza el talón, del tallo y les brotan flores
–y el pozo y su agua, susurran– ¡tiemblan las piernas!
Dibujan con la mano en las puntas de sus cabellos
la palabra que les dirá: «Te quiero».
Se trasluce la blusa: erecto, cada pezón de hongo o manzana,
cada uno tiene el sol o la luna, el lunar de la noche asombraba:
altivo, el seno maraca, suena el cascabel
de danzantes de la lluvia.
Ahora se voltean y se miran como amapolas
y sonríen sus dientes de maíz, su olor a flor de mayo.
A cinco pasos
cada una deja huellas, huellas de agua.

Ahora ya sólo vienen dos, y luego sólo una
mañana no volverá nadie.
Cada una creyó descubrir al que se escondía
tras los árboles.
Cae una guayaba, un aguacate.
–El sol se peina en el río–
¿Y el tímido poeta?
No aguarda a que las hermanas vuelvan,
sino a una sola que contenga la orquesta
fluvial y sonora
de las tres.

Aguarda…