José Soto, el gran «Chepe Centavo» del León

Pedro Alfonso Morales

—¡Novato! ¡Novato! ¡Novato! -le gritó, Julio «Jiqui» Moreno, manager del equipo León, cuando José Soto Valdivia, hijo de Octavio Soto Delgado y de Paulina Valdivia Juárez, ambos de El Platanar, León, entró a segunda base como corredor emergente y se vino para home play por un truco de bola escondida que le hizo el cátcher Manuel Antonio Díaz, Copa Castillo del equipo Cinco Estrellas de Managua, la capital.

—¡Hombré, la cagué -le dijo a «Jiquí» Moreno- no te vi parándome!

—Fijate vos -me dice Chepe Centavo, José Soto Valdivia, padre de Yáder Soto Hernández, otrora pitcher estelar del equipo León y la Selección Nacional de Nicaragua- que estábamos perdiendo frente al Cinco Estrellas y me mandan a segunda como corredor emergente. Yo, de a verga corriendo en segunda…

Yo no corría las bases, pero se arriesgaban conmigo… Era como un pintor sin fórmulas y por eso mismo, arriesgado…  Pegan un fly elevado y largo el hijueputa, por el jardín derecho y me voy en pisa y corre para tercera base. «En medio de la duda que he vivido, pensando siempre en el destino oscuro».

El jardinero derecho, en vez de tirar a tercera, tira a home play y Copa Castillo, simula que se le va la pelota detrás del plato hasta el Backstop y yo de baboso sigo para home play. Julio «Jiqui» Moreno, me quiso detener y me decía:

—¡Parate! ¡Parate! ¡Parate!

Yo pensé que se le había ido la pelota al receptor: pasé volando por tercera y no me detuve ante los gritos de Julio «Jiqui» Moreno que me gritaba con su ¡Parate! ¡Parate!  ¡Parate! Corrí y corrí como venado asustado, como caballo desbocado que le pusieron una lata en la cola y cuanto más corre más se asusta de sí mismo y vuela. «Más radiante que el sol del mediodía se imaginó al Creador mi fantasía».

Cuando llegué al home play, Manuel Antonio Díaz, me estaba esperando con la bola en su guante y me puso fuera la acidez y las agruras. «Yo fui llevado ante Él y le veía, más radiante que el sol de mediodía».

—¡Novato! ¡Novato! ¡Novato! -todavía oigo los gritos de Julio «Jiqui» Moreno en la tercera base, reclamando mi novatada por correr las bases sin precaución ni malicia.

—¡Hombré -le digo a Julio «Jiqui» Moreno- me sentí como un toque de bola en pirinola! Me hicieron out por baboso… no me vuelve a pasar…

¡Ah, pero es que yo era pitcher, hermano, no corredor de base! Ni mierda corría yo.  -me aclara José Soto Valdivia, mientras me cuenta su historia con su voz ronca y se soba su barba blanca, sentado en una silla plástica en su casa en la comarca El Marañonal en la jurisdicción de Telica. «Después, un rudo obrero, vigoroso y pujante, de músculos de acero y mirada radiante».

A los 12 años comencé a jugar beisbol infantil en las perreras de la comarca. Desde muy chiquito me metía en los patios vecinos, donde miraba una pelota de calcetín o una de hule. Mi primer equipo fue El Chistata de El Marañonal, mi terruño.

Después jugué con El Cóndor, el equipo de Polito Baldizón, que tenía en su finca Las Delicias. Luego El Libertad, El San Juan, el Mina El Limón, el San Felipe, hasta llegar al León Profesional, donde jugué durante tres años como pitcher de cabecera. «En mi sombrío imperio, qué de vacilaciones, qué de luchas».

No te miento -y lo repite con orgullo como lo más grandioso de su vida y obra- era un equipo tronquero, tronquero, tronquero el hijueputa… No te miento: ahí estaba Raúl «Panal» Delgado, René «El Ñato» Paredes, Humberto «Urraca» Castro, César Gutiérrez, Ever Gallo, José María Moreno, José Adán Varela, y Alfredo «Cheo» Bustos… Éramos tronqueros, tronqueros, tronqueros…

Muchos de mis compañeros pasaron directamente a las Grandes Ligas de los Estados Unidos. Me acuerdo muy bien de Medardino Rojas, Dagoberto Campaneris y Valentine, y otros tantos que ya no recuerdo sus nombres. «Dueño del mundo, sobre el mundo impera; en su vida primera, las chispas del hogar».

¿Sabés, por qué no llego «El Nato» Paredes?  -me pregunta acalorado y aturdido-. «El Ñato» Paredes ganó 13 juegos en 3 meses, eso es verdad, eso es histórico, sin meter los juegos relevados. ¿Sabés por qué no llegó «El Ñato» Paredes a la Liga Grande? -me repite de nuevo-, porque lo había firmado El Patato Pascual, scout de los Orioles de Baltimore, hermano de Camilo Pascual y manager del Granada.

—¡Voy directo a las Grandes Ligas! -le dijo «El Ñato» Paredes.

—¡No -le dice El Patato Pascual- aquí me firmaste para El Oriental!

Yo admiraba a Güichi Álvarez por su brazo descomunal y a Orestes Hernández, el cubano que se casó con La Gitana en León. Por eso me dediqué al deporte de los bates, los guantes y las pelotas con mucho entusiasmo, como si fuera uno de ellos en persona, los jodidos. Ahí me iba al estadio a verlos jugar… «El hombre ciego desbocado y feroz entre el tumulto, se proclamó señor a sangre y fuego».

Todavía me acuerdo bien de aquel juego memorable contra el zurdo Bustamante del Barbería Central de Chinandega. Ese día tiré 14 entradas completas y sin relevo, y podía tirar otro juego de 14 entradas completas que son casi dos juegos. El juego era mi chapupa y tenía un brazo para regalarle al enemigo.

Lo más triste para mí fue que no tuve maestra ni escuela para mi educación personal. ¡Es triste no ir a la escuela! Apenas aprendí a leer y escribir con un señor de la mina El Limón -dice con cierto dolor de la vida-. «Yo he visto a las edades hundirse en lo infinito en medio de un fragor de tempestades».

José Soto Valdivia mostró tristeza en su semblante y una lágrima que siempre lo acompañaba al estadio y en sus entrenamientos de lanzador, apareció en su casa del Marañonal en Telica. A pesar de todo, de su gloria en el deporte rey, se siente orgulloso de su vástago que le ha alargado la existencia y el triunfo del beisbol:

—¡Me sentía glorioso, cuando miraba a mi hijo en el estadio! Ver a mi hijo ahí, qué lindo…era grandioso. Ve, hijo, le decía yo, entrene, entrene y usted es grande… Si entrena, volverán a buscarlo del equipo… Ah, pero si anda desvelándose, glu, glu, glu, como dice Enrique Armas, quien sabe quién lo llamará…

A José Soto, el famoso Chepe Centavo de León, se le humedecen los ojos al recordar esa época de gloria del beisbol en Nicaragua. «Y queda al héroe antiguo por consuelo de sus hazañas la memoria en pago». Equipo de ese talante no he vuelto a ver en León que lo componían solo grandes caballos del beisbol…

¡Y llora feliz con sus lágrimas de gran lanzador, solo confortado por las hazañas del ahora serpentinero que fue su hijo Yáder Soto Hernández!… Así pasó el tiempo con su gozo y su misterio de beisbolista y falleció el 22 de julio de 2010… «Vengo de la nada y de un hoyo en el camino que engendró gestos y esencias».

Telica, 4 de noviembre, 2013.

 

(Del libro inédito Tres pedradas y una metáfora, de Pedro Alfonso Morales).