La noche envuelve a una ciudad herida

Alberto Juárez Vivas

Llega un momento que de tanto disparo

Llega un momento que de tanto disparo el aire huele a pólvora y, por donde pasa la guadaña, crecen las conciencias como árboles frondosos. Árboles de manos partidas por la piedra; árboles de pechos y de piernas, subversivos; árboles de espalda a la soberbia y al crimen atroz de las vocales.

Las mariposas visten los colores del luto y se desplazan en silencio por los jardines, por las plazas sin palomas y sin sombras.

La oscuridad baja poco a poco su bufanda sobre las calles solitarias, mientras en cada esquina ondean lo pañuelos azules y blancos, se mueven al compás de murmullos detrás de las barricadas.

Un disparo perdido en la distancia… y todo comienza. Azufre, tierra y sudor se mezcla en la fogata, que envía su clamor en chispas a la Luna.

La noche envuelve a una ciudad herida. En medio del dolor y el humo de las explosiones, busca algún vestigio de Dios, perdido en la última emboscada.

 

Después de todo soy uno más

Después de todo soy uno más, que en la incertidumbre encuentra su camino a tientas, imparcial y objetivo. Piedra que se estrella contra la proa de este mundo. Mortal de grito mudo y esperanza cautiva, que emerge con un trozo de pan en la pupila.

Ávidas las bocas que sangran por los ecos de la noche; brazos que se alzan en actitud suplicante detrás de los barrotes, cuerpos calcinados. Alguien muerde su hambre de domingo en las esquinas llenas de alambradas y adoquines, lugar donde brota la consigna con fuego, donde el miedo se trasforma en pedernal.

No hay nadie en la plaza central, pero cae la sombra como una piedra y agoniza en la trinchera. El humo se impregna en mi piel, mientras todos al unísono llegan a mi entierro, armados de piedra al hombro. Dispararon libros a los asesinos, mediocres humanos. Un miserable llora su abominable impotencia, por no acabar con el que mata la palabra.

Por eso me sumo a cada muerte. La muerte que en su cordel se verifica. La muerte de abril y mayo, donde creció la sangre como arbusto, donde aún se escucha la voz del maestro vibrando en los sepulcros.

Lázaro, ¡levántate y anda!

 

He descendido a la monotonía

He descendido a la monotonía para observar a dios alzando su infantil propósito. Medito las madrugadas que pasaron a orillas de mi ombligo, entre santos quebrados en las esquinas sin apellidos. Los ayes muerden la piel hasta sangrarla.

La muerte anda en camionetas doble cabina. Aquí hay una ciudad de dolor e incertidumbre. La voz es gemido, quejido, llanto. En la trinchera, un cuaderno abandonado. Heme aquí, en un despilfarro de pellejos, observando el hundimiento de un barco con su tripulación.

Decido, entonces, morirme sobre una cantera en mitad de la calle, acostado. Y espero otro día de calavera, para seguir buscando el sol.

 

(Del poemario inédito Consummatum est, de Alberto Juárez Vivas).