Un violín al aire libre y su efecto fotoeléctrico

Pedro Alfonso Morales

Mi maestra llegó desnuda a la escuela. La vi y me quedé en suspenso, aletargado, en grado cero mi reacción. La tranquilidad de su caminar me asombró más. ¡Increíble! Solo su pelo liso tirado sobre los hombros la cubría. Los chavalos se fosilizaron con la boca ingenua y los ojos distraídos. Me convertí en estatua de sal sin ver para atrás.

―¡Buen día!, Albert –me dijo la maestra.

Apenas moví mi cabezota deforme, grande y pesada para mi edad. Por mi cabeza mi padre me creyó niño anormal, medio loco y muy cercano a la literatura. Asustaste a tu madre, me dijo. Nunca supe de qué la asusté ni cómo la impresioné en mi nacimiento. Tuve conjeturas y supuse que vagina pequeña y cabeza grande no comulgan en la creación.

Mi cuerpo con sobrepeso no se movió y no articulé palabras ni hice ruidos de panza ni de cabeza. No hablé hasta los nueve años y pocos sabían de mi existencia. Mi madre me creyó mudo de nacimiento. Con semejante maceta y nunca decís una palabra, me dijo compadecida. A veces me sentía muy inútil frente al mundo…

Alelado miré a mi maestra que pasó directo al salón de clases. ¡Increíble! Todos los chavalos iban felices detrás de ella arrastrados por un dulce violín de concierto 4/4. ¡Qué ocurrente es mi maestra! ¡Cómo se atreve a venir sin camisa a la escuela!

Mi padre me regaló una brújula que es hechicera. Me gustaba ver la aguja imantada apuntando el Norte. La palabra brújula viene de bruja, porque actuaba con maleficios como ella. La bitácora no funciona en el polo norte ni en el sur… Cuando miré mi brújula, apuntaba a mi maestra. Corrí como si la brújula fuera un sistema de posicionamiento global.

Mi maestra sin camisa impartía la clase y danzaba en el aula. Vestía pantalón negro, tallado y planchado: le quedaba perfecto como el de Mileva. Usaba zapatos negros bien lustrados: una catrina inteligente era mi maestra…  Pero nunca vi una profesora sin camisa hablando de las inferencias de la relatividad. El aula se volvió festiva…

―Maestra –le dije– ¿olvidó ponerse camisa?

―¡No, Albert –me dijo– igual que usted!

―¿Igual que yo?

―¡Sí! ¡Usted no usa calcetines!

―¡Son innecesarios! –le dije.

―¡Las camisas también y ocultan las ideas! –me dijo.

Saqué mi violín y me apasioné en la ejecución frente a ella. Mi maestra sin camisa era un violín al aire libre y yo una cuerda temblando en Sol mayor. Siempre me vi en la música con agradables sonidos y pausas. La música toca mi cerebro y lo araña con suavidad. Ella me vio con asombro, levantó las cejas y abrió la sonrisa.

―¡Gracias por su música! –me dijo.

―¡Gracias por la suya! –le dije.

El amor maternal de la maestra me alivió, pero no me vi Edipo buscando oxitocina o el alimento perfecto de la humanidad. Comenzó la clase con cierta jugarreta por la mudez de los chavalos en el aula. Se paseaba de un lado a otro frente a nosotros y ninguno parpadeaba. Teníamos paralizados el vidrio, las ventanillas y las persianas.

―¿Por qué se quedaron mudos? –preguntó la maestra.

―¡Estamos vivos hablando por dentro! –le dije y todos se rieron.

―¡Ya comprendo y me alegra! –dijo.

―¡Comprende por qué el norte es más grande que el sur!

―No hay idénticos ni iguales –explicó sonriente y orgullosa de las formas asimétricas del pedúnculo–. Los comunes tienen la curvatura de varios milímetros y aumentan con la pasión o el frío; los planos aparecen con las tentaciones de la vida; los tumefactos siempre son así; y los invertidos miran hacia adentro…me miran a mí…

―¡Qué misterioso es el ser! –le dije a la maestra.

―¡Para que te apasione el cielo! –me dijo sonriente.

La clase fue única y maravillosa. Todos nos impregnamos del amor maternal de la maestra con instrumentos y sin camisa. Ya no hubo otra igual y todas las demás conferencias fueron aburridas y tristes. Nada se aprende en las clases monótonas sin violines ni canciones. Son materia de cementerios; son alimento de morgues y carroñeros.

Esa tarde volví a casa y vi que la energía con que los electrones escapaban del cátodo iluminado aumentaba linealmente con la frecuencia de la luz incidente… Vi los misterios de la luz y toda la radiación estaba cuantizada y acalambrada… Los objetos radiantes formaban paquetes discretos de energía, cuantos de luz y cuentos de dulces y ciencia…

Tiempo después mi cabeza y mi cuerpo volvieron a la normalidad de la gente y sus costumbres. Mi padre ya no me vio con tristeza ni mi madre se quejó de mi lengua nula. Mi curiosidad se vació con intelecto y pasión después de la clase de mi maestra. La adolescencia me abrió los ojos de la duda y la curiosidad…

Asumí que la cuantización de la emisión de la energía usada por Planck ―que explican la radiación de cuerpo negro― es un rasgo universal de la luz.  Yo usé la discontinuidad cuántica en la luz y la distribuí en cuantos discretos de energía. Lo llamé efecto fotoeléctrico que no es más que un efecto mecánico cuántico…

―¡Voy hacia la relatividad! –le dije a mi maestra.

―¡Ojalá ya no sea un fracaso escolar! –me dijo con golpe.

―¿Por qué dice eso, maestra?

―¡Usted se retrasó en todo!

―Excepto una cosa –le dije–: ¡la estupidez humana!

 

Telica, 01-11 de marzo de 2019.

 (Cuento para agregar a Los dulces piensan en la aventura de la razón, de Pedro Alfonso Morales).