Me tapó la boca con el martillo y me quebró los dientes

Pedro Alfonso Morales
 A Guillermo Goussen Padilla

―¡Me manda don Memo!
―¿Qué Memo?
―¡El león mexicano!
―¡Hum!
―¡Trama!
―¿Y vos quién sos?
―¡El tejido!
―¿El tejido?
―¡Urdimbre!
―¡Hum!

Al principio no comprendí a don Memo ni su extraño envío. ¿Para qué quiero yo un tejido? ¿Qué ganaré con esos hilos? ¿A dónde lo pondré a vivir? ¿Tendré que hacerle cuarto y comprarle colcha y almohada? ¿Qué comerá en el desayuno? Bueno, me dije, tal vez por ser maestra gramática me mandó el tejido para que me auxilie en la escuela.

Me despertó la curiosidad gramatical y lingüística. Lo vi con ojos de carpintera: lápiz en la oreja y centímetro en el cuello. El entramado era catrín y piquetón por todos lados. No era feo y vestía tela nueva. Pero no era popelina: era un casimir desconocido y caro. Los pliegues tiraban a candidez plena de aguja fina con punta de acero.

El tejido estaba bien hecho, bien hilado por donde le buscara amarres. Las puntadas tenían puntos de sutura: una flexión armónica entre la tela y el hilo. Un estira y encoge para que no se revienten los hilos ni se suelten los nudos. No era grande ni despanzurrado; tampoco chimirringo ni patita al suelo con caites de cuero. Su tamaño cubría unas cinco líneas en dos tramos verbales. Le pregunté:

―¿Dónde vivís?
―¡En una novela!
―¡No seás loco!
―¡Allí vivo, señora!
―¡Soy maestra gramática: no señora!
―¡Mayor razón, maestra gramática!
―¿Razón por qué?
―¡Algunos seres vivimos en la narrativa contemporánea! ¡Usted lo sabe!
―¡Sos tejido respondón!
―¡Disculpe, maestra! ¡Soy igual al que ve en la naturaleza y nadie dice nada!

El bujoncito me sacó de quicio. Se las picaba y no sabía por qué pujaba. Cierto: era guapo, pero ¿me hartaría viva? ¿Creé que me dejaré? Está equivocado: muy equivocado. Lo revisaré punto por punto y le sacaré la mierdita tufosa. Le limpiaré el culito cagado y le sacaré los mocos de niño malcriado. Ya veré si rezonga como ronca de noche.

El tejido lo armó don Memo con 55 palabras: 11 sustantivos, 6 adjetivos, 9 verbos, 5 adverbios, 8 artículos ―entre definidos, indefinidos y contractos―, 7 preposiciones, 5 pronombres ―entre ellos uno enclítico―, 2 conjunciones, 1 infinitivo y 1 locución adverbial. Los hilos me parecen balanceados: tamaño, grosor, color, trama y puntada.

Además, contabilicé seis comas, dos puntos, uno de dos puntos y un punto y coma que se colocaron en diversas puntadas de la urdimbre de la tela. Estos pequeños amarres no aflojaban el lienzo. Por el contrario, le daban una armadura y sostén para la soledad. El contrahílo y el hilo transversal eran secuencias retorcidas de varios cabos ya cortados.

En el tejido se entrecruzaban oraciones coordinadas, yuxtapuestas y subordinadas que ya les explicaré en mi gramática. Ya verán que es un tejido técnico que fusiona otros hilos de la narración como dice Barthes. Verán que hablan más de dos personas, porque la tercera más abarcadora se enrolla a las dos primeras que son las que escuchamos.

En el punto me tapó la boca con el martillo y me quebró los dientes. También me rompió los tímpanos. Soy sorda como si faltara la espiral de la cóclea. Somos sordas: guardamos un largo sorbete de a peso en las orejas. Los oídos no piensan palabras como acorde, acústica, afinación, balada, banda, batuta, canción, clave, compás, escala, fado, flauta, gaita, guitarra, interludio, jazz, nota…

Mi lienzo se construyó con dos oraciones compuestas: una yuxtapuesta o coordinada sin nexo ―la primera― y una subordinada de lugar ―la segunda―. Pero la primera guarda en su interior muchos hilos de otro tejido en cuyos tipos de oraciones hallamos dos oraciones coordinadas con nexos ―ambas separadas por dos puntos― que a la vez conforman la gran oración coordinada sin nexo al separarse con punto y coma en mi sistema de lengua flexiva de tipo fusionante.

Mi tejido técnico o entramado ocurre en la fusión de las voces distintas de la narración, cuyo timbre leve casi no se percibe por los sentidos del que mira y oye. El narrador de la historia primera cede la palabra al personaje, el psiquiatra, que hace de relevo en la carrera de la narración. Los dos hablan en la primera oración para describir a la muchacha que es otro personaje del texto.

El tejido y a la vez mi trama, la urdimbre de bordados y amarres ocultos, forman parte de la unidad lingüística y comunicativa que dependen del contexto sociocultural que ofrece el discurso, cuyos valores se expresan en lo literario, lo médico y lo militar…  El tejido, después de describirme sus gracias, me dejó como la Eulalia con la bocota abierta mirando para el icaco.

―¡Se fija que no soy loco! –me dijo, mientras se ponía en la pared de la biblioteca:

«El psiquiatra vio la sonrisa de la muchacha, su mirada aún diáfana, y se puso a calcularle la edad: veintidós años cuando mucho, se dijo, e hizo cuentas sobre cuántos tendría al momento de la insurrección; debió de ser una culito cagado, se contestó. Pasaron a la tienda, en donde se encontraba acostada otra miliciana».

Telica, 24-25 de septiembre de 2018.
(De La maestra gramática, libro de cuentos en construcción).