A paso de hormiga en la noche intensa

(Del poemario inédito Consummatum est –poemas en prosa–)

Alberto Juárez Vivas

Consummatum est

Hoy he vuelto a morir frente al espejo, destruyendo la hoja blanca donde escribiría mi historia. Lo hice después de mirar la casa en llamaradas y escuchar los gritos de niños adentro.

Se me partió el alma, me hundí en el silencio. Fueron dos ángeles en sus sueños. Lágrimas impotentes de bomberos que lucharon por la resucitación; se mordieron los labios contra el viento. El fuego lo consumió todo. La pena de la gente quedó desnuda. En los rostros el horror petrificado y en las miradas, el vacío.

Consummatum est parece leerse en las paredes quemadas y en el humo que se le eleva. La vida de los ángeles se va, carbonizada. Con las manos enterradas en la cara, gritan con llanto las mujeres, para no ver la tragedia.

Consummatum est, se escucha de nuevo la voz de Cristo en el calvario muriendo en la cruz en llamas.

Consummatum est en el barrio de las lágrimas, donde dos niños fueron abrazados por el fuego de alimañas y bestias.

Tú sabes, Señor, quién lanzó la brasa que lo incendio todo. ¿Dónde te escondes? Las bestias arrebataron a dos criaturas de sus sueños.

 

Los dos cargamos una sola muerte

Qué difícil es llegar hasta ti con el corazón roto, a paso de hormiga en la noche intensa. Siempre llego, tarde o temprano para estar contigo en las barricadas de mi ciudad, cerca de los disparos criminales.

Juntos, a la par de la bandera, con el dolor de todos, con el frio de la madrugada en las esquinas, bajo la luna de abril y el sol de mayo. Eres el aroma de la piedra en estas manos insepultas. En mi grito escondo las ansias de libertad.

Los dos cargamos una sola muerte: la mentira y la ignominia. Por las calles del pueblo vamos de trinchera en trinchera, hiriendo sombras discursivas del panfleto. Siempre firmes, mi morena revolucionaria, yo admiro tu pañuelo azul y blanco. Y me pierdo en tu belleza subversiva, donde encuentro la paz que disfruto en silencio, cuando explota el mortero, el mismo que nos unió en la barricada,

 

Enciendo la radio y un torbellino de incertidumbre

Enciendo la radio y un torbellino de incertidumbre colectiva se esparce en la estancia. Aún se siente el olor a carne quemada, el humo de la casa siniestrada llega hasta mi piel y la hiere. Los gritos de terror de los niños enredados en las venas de todo un pueblo. El odio incrustado en las costillas.

Todas las barricadas están iluminadas por velas, que en actitud de duelo permanecen encendidas sobre los adoquines en las esquinas de la ciudad. Cada día pasa como paloma goteando sangre, sobre las calles abiertas y desoladas. La incertidumbre yace de rodillas en las iglesias y los fervorosos creyentes claman por un milagro, mientras llega de última hora la noticia que acelera los latidos, otro joven muere con la cara al sol, con el alma a la luna. Le dispararon cuando terminaba una oración, al decir amén le entró la bala en un ojo y, en ese instante vio venir en fila a sus muertos compañeros.

En los mercados se siente un aire de veneno, de pólvora y muerte, pero aun venden la tristeza del bocado. La canasta básica mantiene su agonía de verduras y legumbres, la moneda en movimiento de ultratumba, la oferta y la demanda se desploma a cada instante, porque el pobre sigue firme a su destino de hambre y el rico a su cadáver acéfalo, a su costumbre de escopeta.

Este domingo marcha detrás de los últimos ataúdes, rumbo al seol, desvaneciéndose poco a poco, agonizando impasible a la sombra del nuevo día. Mañana, talvez, otro joven muera, cantando como siempre, sin miedo. Quizá, una madre sea sorprendida en pleno acto de amor, retorciendo sus lágrimas en la trinchera.