El paseo

Yadira Carolina Flores /
Docente

Por los campos de Santa Lucía se encontraba un grupito de amigos: Juan, Pedro y Ramiro, quienes todas las tardes salían a jugar y a observaban las bellas llanuras cercanas.

—Juguemos a las escondidas antes que aparezca Lorenzo –sugirió Ramiro.

Lorenzo era un viejo loco que vestía harapos, de barba larga y un morral que asustaba, reía a carcajadas sin causa alguna.

Entre gritos y risas cada uno le tocó ser el buscador del escondite de sus amigos y cuando por fin atraparon al último, Oscar, sorprendido dijo:

—Miren, miren muchachos, qué lindo conejito. ¡Atrapémoslo!, para que sea nuestra mascota.

Lo siguieron, pero el conejo entró a un agujero tan grande que bien alcazaba un toro. Ellos, sin renunciar a agarrarlo, prosiguieron. El conejo posó sobre una roca y Juan, que era el más audaz, se dispuso a atraparlo. Pero de repente…

—Ja, ja, ja… ¿Quién está dentro de mi aposento? Escucho murmullos de chiquillos perturbadores –escucharon.

Los muchachos asustados se escondieron detrás de las rocas. Miraron la sombra de alguien que se acercaba. Escucharon un grito que decía:

—¿Dónde están polluelos? Salgan a recibir a su amo.

Se miraron unos a otros, preguntándose quién sería, ¿el viejo loco o algún roba niños?

Vieron que entraron mariposas, colibríes, ardillas y otros animalitos que se ubicaron alrededor de la cueva, cuando apareció Lorenzo riéndose.

—Mis amigos, ¿dónde han estado? No me hacen caso. ¿Acaso ya no me quieren o están enojados conmigo? Díganme, por favor, que estoy triste por no escucharlos. Qué extraño que no veo al hermoso conejo blanco, ¿lo han visto? Creo que no, porque ustedes nunca saben nada.

En cuanto no más concluyó de decir Lorenzo, Pedrito estornudó y soltó el conejo que se fue directo a los brazos del viejo.

—¿Dónde has estado, condenado conejo? Dime, ha pasado… Ah, ya… te entiendo, tenemos visitas. Salgan chiquillos bandidos, quiero verlos, no se escondan más, ¿no miran que están en mi escondite? –les decía Lorenzo carcajeándose.

—No nos haga daño, señor. Solo estamos por accidente –dijo uno de los muchachos.

—¿Por qué les haría daño? A mí me gustan los niños y los animalitos, por eso hice este escondite, para tener mi propio paraíso.

—¿Por qué habla con los animales?

—Porque puedo hacerlo.

—Pero, ¿si está loco?

—Para nada. Locas mis nachas que nunca se acomodaron. Yo me hago pasar por loco, para que nadie me siga ni maltraten a mis amiguitos.

—Oh, ya… ¡Qué gran corazón tiene! Porque vivir escondido entre animalitos y a oscuras, dice mucho de usted.

—Yo soy gentil, pero cuando me arrecho me arrecho, porque detesto a quienes maltratan a los animales. Eso no me gusta para nada. Pero, díganme, ¿por qué están aquí?

—Quería atrapar al conejo.

—Qué chiquillos más tontos, ¿acaso no saben que el conejo es más astuto que ustedes? Se dejó atrapar para que yo los encontrara, así es que los atrapados fueron ustedes. ¿Se dieron cuenta que están muy lejos de sus casas? ¿Conocen el camino de regreso?

—No. Venimos sin rumbo y ahora qué hacemos, ¿cómo salimos de aquí?

—No sé. Ustedes dicen que estoy loco. Pero yo vivo en mi mundo. Ja, ja, ja… Es broma. Yo los llevaré hasta la salida para que lleguen al campo donde jugaban y sigan su camino.

Los niños se despidieron del viejo Lorenzo, sabidos que para nada era cierto lo que se decía de él.

Masaya, 07 mayo 2015.

(La autora de este cuento participó en el curso 2015 de la metodología Leo, comento, imagino y creo (LCIC), implementada por Visión Mundial Nicaragua y Acción Creadora Intercultural (ACIC). En este tiempo laboraba en la Escuela Hermanos del Japón, en la ciudad de Masaya. El cuento de la maestra Yadira Carolina Flores, el 7 de mayo pasado cumplió cuatro años de haber sido escrito).