Ya no soy el mismo de ayer

(Del poemario inédito Consummatum est –poemas en prosa–)–

Alberto Juárez Vivas

Ahí van los féretros encendidos

Ahí van los féretros encendidos que estrenó abril para el mundo. La juventud desenvolvió su pañuelo y escarbó los sueños. Multitud de mochilas azules llenas de cuadernos y esperanzas. Las noches suenan sus cascabeles para alertar a la luna, hay fantasmas que muerden, pisotean y matan con olor a pólvora.

Veo en los chavalos mi antigua juventud, esa fuerza que repele el maleficio, una mano alzada redime dolores y esparce la migraña de la muerte. Abril encapuchado salta de pecho en pecho a lo ancho de las calles.

¡Oh, primavera! No has descansado un minuto cuando otro cuerpo desnudo llega a tus flores abiertas. Guadaña, ¡detén tu ira y revélate a la mano que te empuja!

Silencio. De pronto se abren las razones y llega mayo a recoger despojos abrileños. Llegó sigiloso, sin deseos de acercarse, se sentó en las bancas de los parques dolorosos a observar una plaza sin palomas. La decepción fue tanta que se hundió en la sangre, navegó en la balsa del recuerdo y ya no pudo con el dolor instalado en las esquinas. Las mariposas vuelan en luto hasta el cementerio, donde crece la semilla de los jóvenes guerreros. Un lanzamortero azul y blanco explota su ira en el color mortecino.

Desde abril llega el eco de una multitud que mayo se traga de un solo morterazo. Allí van los féretros encendidos, el dolor más cercano entre abril y mayo.

 

No solo era un anciano

Ese día de nervios y de pancartas no solo era un anciano derribado en la calle de arreboles. Era la erupción del cerro negro, un terremoto de 7.5 en la escala de Richter, el hambre herida de los hombres, el grito de Juan Lamas extendido hasta aquí.

A una sola voz, la muchedumbre exige el ¡Basta ya! Las alambradas y los adoquines de la calle resucitaron. La misma calle que soportó el peso del hermano viejo, convertida en trinchera, el secreto rumor de la lucha.

Fue diferente la luz del Sol. La paz se convirtió en piedra y el aire en pólvora que explotó. Una nueva juventud enfrentó el odio y el disparo, hizo del miedo fogata para contener el acecho de la bestia. La muerte. Madres de muertos.

Un joven acomoda en el hombre su arma artesanal. Otro prende la mecha del mortero. En la calle solitario hubo explosión. Y el joven que llevo adentro dice que lo vivió: adoquín, piedra, latido, disparos, sueños apagados… Dejavú.

Ya no soy el mismo de ayer. Hoy sigo la ruta de la piedra y la consigna maternal, con los chavalos valientes en cada calle, en cada esquina, en cada herida.

 

Esta mañana me despertó con su plomo

Esta mañana me despertó con su plomo, con su frente abierta como un abismo, con su memoria fría y firme como una trinchera.

El día quedó inmóvil en la calle del barrio, protegido por los adoquines que se colocaron en una vertical. Las madres cocinan sopa en un perol de hierro en mitad de la calle, cortan con su alma triste las verduras para la sustancia insurrecta, la que beberán los jóvenes hijos de la barricada.

De boca en boca crece la esperanza de un mañana sin mordaza ni luto. Un sorbo por los desaparecidos en la madrugada, por los que se llevaron al calabozo. Una anciana reparte café a los muchachos, para que estén despiertos por si se acerca la pelona con su metralla.

Los jóvenes fieles a la noche y a la patria se multiplican y chispean como brasas. Crecen como el madroño en las plazas.