Se me abrieron las llagas

(Del poemario Por las calles empedradas de Castilla)

María Teresa Bravo Bañón


Campanadas de la catedral
(En la puerta de la casa de Antonio Machado)

En la casa de Machado aún se oye la última visita,
el último trajín, la última canción de La Niña de los Peines
en una descuajeringada radio.

Antonio se sienta conmigo bajo las acacias.
Hoy como ayer, ayer como mañana, en el Uno
sin tiempo que ahora compartimos.

Me mira con aire despistado,
como queriéndome reconocer de alguna parte.
Yo solo le sonrío y él se toca levemente
el ala del sombrero de fieltro.
Escribimos.

Los abrigos se nos pincelan
de alfileres de escarcha
y ni siquiera lo hemos notado.
Cada cual va dejando su impronta de versos
bajo los pináculos de la blanca catedral.
Somos como dos viajeros de paso en esta plaza.
Él escribe a Guiomar,
yo a Harpo.
Sonrío por su inocencia:
no sabe que Guiomar es hoy una estación
de un “Ave” de tren como viento sin alas.
Él me sonríe también,
como disimulando algo
sobre a dónde me conducen
mis versos a Harpo.

De pronto se nos muda el gesto.
Nos despedimos, taciturnos y solitarios,
envueltos en nuestra nostalgia infinita de poetas.

Yo no le digo nada de Colliure…
él parece que se calla… algo mío.

 

Con Juanico de la Cruz

¡Oh cauterio suave !
¡Oh regalada llaga !

San Juan de la Cruz

Se me abrieron las llagas, como a vos,
los costurones de las cicatrices malcosidas.

Pero no es dulce cauterio, buen Juanico,
llevar las carnes desgarradas,
y las pústulas rezumando veneno,
sin tener ni una mano pía que las vende.
Ninguna belleza hay en dentellada,
dislocación, desgarradura;
ni en coágulo, ni en costra,
ni en la entraña viva al descubierto.

¿Por qué somos tan malqueridos, buen Juanico?
Vos por Dios que os dejó a vuestra merced
en las celdas los Inquisidores de Toledo.
Y yo… por un amor humano…
que me ha abandonado a mi suerte
en la noche más oscura de esta Ciudad Sitiada.

 

Tragicomedia a lo Fernando de Rojas

“No es vencido sino el que cree serlo.»
Fernando de Rojas

Nunca me sentí tan mortalmente sentenciada,
ni que en aquel certero tajo de perderte
se me fuera tanto de mi vida a borbotones.

Te quería más de lo que podía soportar
sin la morfina de tus versos.

Nunca en un abrazo he dicho tanto.
Nunca en un abrazo me he sentido tan amada.