Sonrisa en ámbar

Marlon Gámez Urroz

No son sus pies, son sus manos cubiertas con calcetines a rayas. Abierto como un insecto que se prepara para ser observado bajo el microscopio, encaja sus piernas como una tijera entre sus caderas. Ella se va detrás del asiento del conductor, abre una bolsa para anunciar su venta: chocolates, galletas y dulces.

El chófer baja el volumen de su estéreo para darle chance a la mujer menuda, colorada por el sol, su cabello liso rubio como el de una extranjera, solo que descuidado. Su juventud se ha ido por el esfuerzo y la aflicción. El bus continúa su ruta, mientras los pasajeros quietos en sus asientos contemplan a la mujer que explica muy resuelta, directo al asunto.

«Buenas tardes. Disculpen si interrumpo su viaje, no les quitaré mucho tiempo. Como pueden ver, mi niño es muy especial. –Los ojos de los pasajeros se concentran en el niño con calcetines en sus manos. Aunque, viéndolo detenidamente no es un infante, tiene unos siete o diez años–. Mi niño tiene una enfermedad de nacimiento, él muerde sin control; como pueden ver, se ha comido sus labios y se muerde sus deditos.»

El autobús se detuvo en una estación, al hacerlo se prendieron unas luces amarillas marrón, algunas personas abordaron, otras bajaron, la mujer se hizo a un lado haciendo una pausa en su presentación conmovedora y mercantil, para dar paso a los nuevos pasajeros. Mientras el bus estaba varado, aquellas luces que caían sobre ellos dos como si se tratara de reflectores destacando a los artistas. Luces sobre ella y el niño que tenía sus labios descubiertos, porque no tenía labios, parecía sonreír, una sonrisa sin fin, eterna.

Sus ojitos inquietos escudriñaban los rostros que lo contemplaban desde todos los asientos del autobús. Cuando la mujer retomó el discurso, ya nadie la escuchaba, su público se sintió conmovido por la criatura que cargaba en su cadera, abierto como un escarabajo angelical.

Las luces continuaban encendidas. Todos entendieron que debían ayudar, aportar dinero, recitando una oración en silencio o regalando una sonrisa compasiva. Nadie se atrevió a preguntar nada, a filosofar, ni a dar consejos. Era un silencio sofocante, como el de las cátedras complejas, o quizá una reprimenda, una amonestación… la palabra hecha gesto, todo lo descrito en un mismo tiempo, pero en movimiento.

A través de las ventanillas se observaba a la multitud de trabajadores de la Zona Franca Las Mercedes, afanados en sus compras sin que importe la mezcla de malos olores, basura regada cerca de los comedores. Gente que se atraviesa en el paso de los vehículos, sonriendo, sin rumbo trazado, gritos, rozamientos lascivos, miradas desafiantes, rostros decaídos. Marchantas sin delicadeza ni decoro. Atentos a quien le compra o quien pueda robarle.

El chófer del autobús grita a un vendedor que obstaculiza la entrada, otros buses se unen a aquella danza de competencia. La tarde va cayendo, la luz del sol se vuelve parda. La mujer con el niño baja del autobús y se pierden en aquella multitud.