El gatito y la hormiguita

Alberto Juárez Vivas

Cuando mi hijo nació, la primera en descubrir el color de sus ojitos fue doña Julia, mi madre. Nunca olvidaré el sonido de su voz cuando exclamó:

—¡Son azulitos, vengan todos a verlos!

En la clínica donde solo se encontraban mi madre, mi cuñada milagros, mi hermana Martha y yo, al mismo tiempo nos acercamos. Y doña julia con toda seguridad afirmaba:

—Es igualito a su papá, así era él cuándo nació.

Sucede que en cierta ocasión, el gatito, como le decíamos todo a Albertito, estaba solito en su cuna de madera, jugando con una pelota de colores brillantes, sentadito, cuando de repente vio que se acercaba una hormiguita…

—Hola gatito, ¿qué haces? –le preguntó la hormiguita.

—Jugando con mi pelota –respondió el gatito.

—¿Y por qué está solito? –volvió a preguntar la hormiguita.

—Es que mi mamá está lavando mi ropita –respondió el niño.

La hormiguita se sentó en un zapato que había en el suelo y miró con alegría al gatito. Platicaron tanto que daba la impresión que desde hace tiempo se conocían.

—¿Y dónde vives? –preguntó de nuevo el gatito.

—En el patio de tu casa –contestó de nuevo la hormiguita.

—¿Y tus amiguitas? –preguntó otra vez a la hormiguita.

—Están recogiendo migajas para cuando llegue el invierno.

Los nuevos amigos reían plácidamente, saltaban sobre las sedosas almohaditas y se abrazaban. Se encontraban muy pero muy felices. De pronto, la hormiguita bajó hasta el suelo a buscar migajas de pan, para regalárselas al gatito en reconocimiento de la amistad que acababa de nacer. Mientras buscaba, el gatito desde arriba la observaba y, repentinamente, como por arte de magia, pasó el gallo pinto de la casa y en un santiamén se lo comió.

El gatito al ver lo sucedido, lloró desconsolado, gritó y dio pequeños brincos en su cuna, pero nadie acudió en su socorro, hasta que el llanto por la hormiguita alertó a su mamá, quien llegó corriendo pensando que se había caído, y al descubrir que era una falsa alarma, lo tomó en sus brazos.

—A ver mi gatito, ¿qué tiene, quiere su pachita, tiene hambre? Ya, ya, ya. Aquí estoy.

El gatito sollozando miraba con tristeza al suelo.

—Vamos, ya no llores, vamos a hacerle su lechita…

Cuando su mamá se lo llevaba, el gatito, mirando siempre al suelo, dejaba escapar dos lágrimas que se desprendían tímidas de sus ojitos azules y, moviendo lentamente sus manos, parecían decirle ¡Adiós! a su amiguita, la hormiguita fantasma.