Cuatro años de Acción Creadora Intercultural

David C. Róbinson O. /
Panamá.

«Si el arte necesita explicación, no es arte. Si necesita un
intermediario, no es arte,
sino un producto de la academia o
del mercado. El arte es una experiencia estética.»

Avelina Lésper.

El ejercicio de leer es el entrenamiento que, por excelencia, alimenta la mente con nuevas palabras y sus respectivos significados; esas nuevas habitantes de la corteza cerebral, esas palabras, se convertirán en la materia prima de los nacientes pensamientos del, ahora, ejercitado lector. Quien lee aumenta su capacidad de reflexionar, de crear abstracciones, aumenta su cultura, su inteligencia. Puede pensar mejor porque tiene las palabras con que hacerlo. Ya hay evidencia científica que demuestra la relación entre el hábito de la lectura y la habilidad para resolver problemas matemáticos.

Somos seres sociales, nuestras actividades, generalmente, son más gratas si las realizamos en compañía de otros seres humanos, de amistades. Si bien la lectura, debido a la necesidad que tiene el lector de concentrarse, es un ejercicio individual y solitario, a la hora de interpretarla, la cosa cambia, el compartir se vuelve enriquecedor; a mi mente, que ya está habitada por las palabras adquiridas en la lectura, llegan las palabras de otros que hicieron la misma lectura, palabras que yo confronto, que me confrontan, que forman nuevas familias en mi cerebro y que amplían más mi capacidad de pensar. Compartir, en este caso, es ganancia. Comprendo que algo parecido ocurre con el amor.

Quien ama pregona a los cuatro vientos su amor, así mismo, a quien lee y comparte la interpretación de lo que lee, le nace la necesidad de compartir con más personas y, obviamente, que más gente lea. Así los amigos y amigas, al encontrarse por casualidad, comienzan a hablar de sus lecturas y, al crecer el número de encuentros y de encontrados, un buen día nace, en propiedad, el círculo de lectura.

¿Y qué es un círculo de lectura? Primero, es un espacio de lectura donde se reciben todos los beneficios ya mencionados; segundo, es un círculo. Es decir, no es un aula de clases ortodoxas donde hay gente que escucha pasivamente a un maestro de la interpretación de la lectura. No, es un círculo y un círculo todos y todas se están viendo la cara porque todos y todas tiene igual oportunidad de exponer sus ideas, siempre y cuando estén sustentadas en el texto leído. Se dice que la mesa del rey Arturo en Camelot era redonda, precisamente, porque consideraba que todos los convidados a ella eran iguales en nobleza y caballerosidad. En el círculo de lectura todo miembro puede expresarse sin tener que someterse a la opinión mayoritaria. Cierto que, al igual que cualquier otra organización humana, el círculo de lectura necesita de coordinadores, pero su función es facilitar no coartar las participaciones a sólo aquellos que opinan igual que él.

Recuerdo que en el colegio secundario leímos Antonio y Cleopatra de Shakespeare. Y llegó el momento de exponer nuestros pareceres. Casi todos hablamos, no recuerdo casi ninguna de las participaciones, ni siquiera la mía, pero no he podido olvidar la muy especial opinión de un compañero. Él afirmó que Marco Antonio era un tonto por suicidarse antes de asegurarse que Cleopatra también lo hiciese. Quizás podríamos acusarlo de muchas cosas, pero no de no haber leído, pensado, elaborado una opinión y asumirla al expresarla. También recuerdo que la profesora de español, con los ojos muy abiertos y las cejas muy levantadas, le aceptó el sentir pronunciado. ¿Eso no es la democracia? Para mí sí lo es. Un círculo de lectura es un cabildo literario, donde bien se puede decir que practicamos como convivir mejor.

Es del mundo conocido los atroces eventos iniciados en abril del año pasado en la patria de Rubén Darío, dije iniciados porque Nicaragua aún no está en paz, aún la sangre de su juventud se sigue derramando en las calles o pudriéndose en las cárceles. Suena a idiotamente ingenuo decir que la alternativa es la creación de círculos de lectura. Sí, suena idiota. Pero a la larga es la verdadera y profunda solución.

El caudillismo y el fanatismo zombie no nacieron el 18 de abril de 2018, no, no es así, llevan décadas, o más bien, siglos incrustados en el ADN no únicamente del nicaragüense sino del latinoamericano en general. ¿Por qué? Porque desde siempre así nos han mantenido dominados. Vivimos más preocupados por satisfacer los deseos del caudillo que de construir instituciones. Y, precisamente, de eso se trata: de institucionalizar los derechos humanos, de convertir en algo natural el disentir. Sólo así podemos sentarnos a dialogar y construir la nueva sociedad que todos anhelamos y necesitamos.

Es así que una pequeña organización como Acción Creadora Intercultural (ACIC) marca el rumbo de por donde debe ir la construcción de la esperanza, no aquella de esperar, sino la otra, la de alentarse para trabajar hasta lograr el tan anhelado objetivo: que aprendamos a tratarnos mejor. La historia de esta asociación otros la conocen mejor. Igual pasa con los detalles de su organigrama y plan de trabajo. Sin embargo, de que ACIC hoy es más necesaria que nunca, es una verdad que me atrevo a afirmar sin ninguna duda. Cierto es que la labor en la que se embarcaron sus miembros va a tomar mucho tiempo en dar frutos. El mal que tomó años en consolidarse, toma décadas en resolverse. Pero en algún momento se tiene que comenzar.

Nicaragua y el mundo entero necesitan ciento de miles de ACIC. Gente que se dedique a la promoción de la lectura y con ella aumentar la capacidad de razonar de los hombres y mujeres que habitamos este planeta. Por la lectura podemos llegar a comprender que un caudillo no quiere mi bienestar sino mi lealtad. Que soy humano, no un zombie. Con la lectura y la convivencia democrática, la que permite las críticas y la disidencia, es mi esperanza que algún día comprendamos que es preferible morir de hambre que tomar un arma y matar un niño. ¿Qué no se puede? Eso mismo decían hace un par de siglos de la liberación de los esclavos. ¿Qué va a tardar mucho? Pues claro, nos tomó 95 mil años pasar de la barbarie a la civilización y, sin embargo, lo logramos. Por eso necesitamos de ACIC, necesitamos que sus miembros se sostengan los unos a los otros, que se alienten en los momentos difíciles, que cada vez van a ser más abundantes, la situación de la humanidad no va a mejorar, todo lo contrario. Necesitamos que sigan siendo faro que indica a los jóvenes nicaragüenses la ruta a seguir: una Nicaragua que dialoga, llega a acuerdos y los cumple.

Necesitamos de ACIC, porque necesitamos héroes.