Crimen o justicia – El cebo

Marlon Gámez Urroz

Al Cebo lo adoptaron ya algo viejo como para adoptar a un niño, la verdad simplemente lo agarraron para criarlo y alejarlo de las calles. Pero las calles ya eran parte de él. Antes de los dieciocho ya era un criminal, ya había robado, ya había herido, había también intimidado y ya había vivido, y fue después de los veinte cuando él murió. –Lo mataron en una redada, lo mató la pesca, así es como le dicen a la policía, lo mataron en el barrio Oronte Centeno, cuando aún las calles eran lodosas y sin adoquinar–.

El Cebo será uno de esos a quien pocos recordarán, será uno de esos quienes no merecen un monumento, ni una memoria, ni un escrito. Lo velaron en la esquina de la Panadería San José, un contradictorio nombre para un lugar donde ya no se hace pan desde hace décadas, pero como referencia así quedó nombrado aquel punto, una costumbre muy pintoresca en este pueblo. Siempre las reuniones más importantes del barrio se hacían ahí, generalmente por las tardes cuando ya todos habían regresado de trabajar.

Llegaron varios vagos a ver el cuerpo de aquel chavalo que se rasuraba pelón y tenía un gran tatuaje en el cráneo, era bajito y callado, ahora en ese féretro se veía igual de callado que cuando estaba vivo, muy flaco por las drogas y la intranquilidad de su ritmo. Parecía dormir un grande y profundo sueño, parecía al fin haber encontrado la paz, apartado de las sustancias cegadoras de las calles, apartado de la vida que le había tocado y que tal vez no merecía. La versión de un grupo de personas sostiene que la policía actuó en defensa propia, pues él los había apuntado con un arma, y siempre con su risa burlona y mirada desafiante terminaba saliéndose con la suya, aunque se desconoce el nombre del oficial autor del acto.

Pero esa vez no lo perdonaron. Varios vagos cayeron presos ese mismo día, unos ya habían conocido «La Modelo» y sus frías prisiones, otros iban a descubrir por primera vez la paga del delito, algunos chorreaban sangre por la boca, otros por heridas graves en miembros y dorsos. Los que corrieron con suerte, aquellos, se perdieron en el alboroto pues fueron escondidos en las casas de algunos cómplices fantasmas. La gente se sintió aliviada en el barrio, con incertidumbre se vieron unos a otros, sus miedos y sus alegrías; al escuchar lo sucedido se mezclaron produciendo una mirada exaltada, donde los ojos se salían de las cuencas. Para muchos fue un peso menos, para otros una señal.

—Lo mataron a golpes –dijo su hermana entre lágrimas y ahogos–, la policía lo odiaba, lo habían estigmatizado.

Murió un mes de mayo, durante una tarde de cielo gris, cuando las pandillas estaban en su esplendor y la gente se metía a sus casas muy temprano antes de las ocho. Por instinto se habían puesto de acuerdo y sin decir una sola palabra, a dar un toque de queda, pues las calles a esas horas eran invadidas por hordas de vagos rivales que se amenazaban con odio construido por las modas de las muchachadas, por seguir el modelo de las pandillas que se anunciaban en las películas y noticias del norte de América, como la Mara Salvatrucha y Calle 13. Siguiendo ese modelo novedoso, atractivo y rebelde, surgieron varios grupos en Latinoamérica.

En el barrio Oronte Centeno surgieron principalmente: Los Choyines, Los Comemuertos, Los Cuajaderos y Los Gárgolas. Desde adolescentes se forjaron en ese ritmo de desorden y vileza, y ya de adultos continuaban en ese vaivén, se extendió el daño hacia la propiedad ajena, dañaban casas, herían a vecinos, mataban a niños con balas extraviadas, y cometían agresiones físicas y sexuales. Quizá el Cebo solo fue un producto de la siguiente generación, un vástago desprotegido que absorbió aquel residuo que dejaron los gamberros primigenios, no tuvieron la intención de advertirle sobre sus orígenes y propósitos, muy por el contrario, al privarlo del motivo de su marcha, le mostraron el fin, que era todo lo pernicioso e implacable que un hombre debía ser, aquello le dio al Cebo un aire de villano. Y su falta de conocimiento, su irresponsabilidad, las sustancias psicoactivas y el empuje de sus promotores, le proporcionaba cierto aire de inocente y victima grotesca. La única foto que se conserva de él es la que se logró tomarle en su velorio.

—Lo tiraron como chancho en la tina de la camioneta –afirmó una vecina–. Cayó mal y se desnucó. Todo el mundo lo sabe que fue de esa manera.

Su muerte, sin embargo, no fue en vano. Igual a un panal de avispas cuando se somete a humo y fuego, toda la colmena es abandonada, así los vagos y pandilleros fueron menguando al ver la muerte del muchacho éste. Año tras año, se minimizaba la violencia,

A muchos años de su muerte, los que aún recuerdan a Mauricio Ezequiel Narváez, no disimulan su miedo y su alegría, frunciendo el ceño cuando hablan de él. Ante su ausencia se sienten grandes, pero hablan dudando de la versión de su muerte. Se cuestionan o afirma si realmente se lo merecía o no.

Tal vez si no hubiese muerto en ese día, ahora estaría más extraviado aún, más buscado, incriminado y hasta más estigmatizado. Sería un demonio o un brujo apodado, o un hombre de familia arrepentido de mentira, como muchos que se refugian en las iglesias para enmascarar sus crímenes y terminan entre umbrales de hermanos predicando sin comprender el evangelio de un tal Mesías. ¿Se habría arrepentido de verdad? ¿Habría encontrado la paz? Tal vez Dios lo hubiera bendecido desde lo alto a quien andaba tan bajito.

Quizá su muerte fue culpa de la policía, o de su tiempo, o del círculo de amigos. ¿De quién es la culpa? Quizá, también, de quien promovió las pandillas a través de la televisión…

El destino del Cebo fue cortado y ese fue su destino.

28 02 2018 /Tipitapa, Nicaragua.