Insatisfacción y fuego de desamor en la historia

María Elena Rivas Jirón

Hablar de una mujer es algo indescriptible, ya que la mujer personifica inteligencia, astucia, seriedad, madurez, sensatez, energía, sagacidad, fuerza de voluntad, entrega, creatividad…

Estas afirmaciones, a decir verdad, no tienen el mismo significado para algunos hombres; este argumento puede refutarse si se distingue, en el interior de un discurso masculino que gira artificiosamente sobre sí mismo, la configuración gramatical de la paradoja. Por más que algunos hombres traten de esquivar estas esenciales cualidades, no pueden suprimirlas.

Por tales razones, me remontaré a la historia de la mitología universal, donde nuestros antepasados hombres se sintieron insatisfechos ante la pobreza de acontecimientos que su vida cotidiana les deparaba.

Entonces, se disponen a forjar en sus mentes ideas. De este modo imaginaron la existencia de otros seres superiores, a los que recubrieron con sus propios atributos humanos. Así los dioses superaban a los hombres en estatura y belleza, aunque su aspecto externo se iguala a la corporalidad humana. Su vigor era tal, que si, por ejemplo, Zeus, padre de todos los dioses, «sacudía sus divinos bucles», como dicen los poetas grecolatinos que recogieron las hazañas, tiembla el Olimpo entero.

Estas historias son fascinantes, porque los poderosos y grandes héroes en su mayoría son hombres, lo mismo sucede con Hermes o Mercurio, Dios del comercio y de las transacciones, que apenas acaba de nacer y ya intentó robarle los rebaños al propio Apolo. Esto hace que también se le considere el Dios de los ladrones y embaucadores, significado pertinente para algunos señores. ¿Es que a los ladrones y embaucadores por ser hombres se les consideran dioses? ¿Por qué los forjadores de la historia no colocaron a una mujer en los principales puestos de mando de los ya desaparecidos imperios?

La mayor ventaja que los dioses poseían sobre los humanos no es solamente su eterna juventud y belleza, sino también, la ausencia de cualquier enfermedad. He aquí las grandes diferencias con los humanos.

Pero parece ser que los hombres de nuestra era, por esas tradiciones ancestrales, se consideran superior a la mujer; en la actualidad es muy común ver a una gran cantidad de hombres mayores de diferentes estratos sociales, con jovencitas a las que les doblan o triplican la edad, creyendo que éstas están a su lado por ¡amor!, sin darse cuenta de las diferencias culturales e intereses en cuanto a música, baile, modas de vestir, temas de conversación, principios religiosos, formas de expresividad e inclusive, formas de alimentarse. Es frecuente ver a muchas jovencitas de hogares disfuncionales buscando un proveedor con cara de progenitor. Y ellos suelen decir: «es que todavía la soplo», cuando lo que en realidad deben andar soplada es la billetera. Forjando de esta manera, otra idea más de superioridad en su ego flagelado por la transición de la juventud y a la vejez.

Para finalizar, parafrasearé un artículo de la historia universal que me llamó la atención, me parece un homenaje para palear el escamoteo psicológico al que han sido sometidas las mujeres a través de la historia de la universal.

«Venus» sinónimo de mujer y otras cosas

Venus, la denominación latina de Afrodita, pasa a ser el sinónimo de las mujeres, del amor, de su deseabilidad, de sus veleidades, de su belleza, de su peligro. Pero, también se considera a Venus tras el prisma enfermizo y deformador de la represión cristiana, como la madre de la sexualidad, eso es algo que la iglesia constituida persigue desde su inicio.

Venéreo es el adjetivo de lo que de Venus deriva, y así como la palabra afrodisiaco (a) se une al concepto positivo griego, lo «venéreo», una vez que el latín se transforma en el idioma oficial de la iglesia de Roma, pasa a ser definición de las enfermedades de trasmisión sexual, las que la mujer trasmite, como si esa fuera su causa real y única, y se puede leer en castellano que venéreo es, «relativo a la venus o acto carnal».

Entre los valores positivos para nosotras las mujeres, en el plano de la belleza, la Venus es la mujer perfecta, y buena parte de su fama viene inspirada por la admirable perfección y la indiscutible belleza de las estatuas griegas, que nos han llegado desde la antigüedad clásica; aun, en las épocas de mayor control y censura de la expresión artística, presentar el desnudo femenino en las más adustas cortes de Europa, y ofrecer su cuerpo a nuestra admiración, no era tarea fácil. Venus, afortunadamente, es también el cuerpo celeste con mayor luz, tras el sol y la luna, la estrella de la tarde y el lucero de la mañana, la mayor luminaria entre las estrellas visibles del firmamento, estos últimos términos son los que verdaderamente nos hacen resplandecer y sobre coexistir a la historia.