Néctar para los muertos en vida

María Elsa Molina


Folios quemados al tiempo

Corazón sin sangre, esclavo del pasado.

Se marchitan tantas cosas, se agota la melancolía gota a gota y en el horizonte del pasado, se van difuminando los recuerdos de una tristeza que te frota.

La vida sigue, te grita el ruido del mundo, pero hay silencio en ti. Esa simple herida puede quitarte la vida, encerrarte en tu interior. Que el año acabe y se olvide el daño.

Cruces dañadas con agonías del alma, ya es amor enterrado. El cuervo quiere las llaves de un corazón de carne, ¡no se las des! Evita el problema o te vas del cementerio. Deja que se lo lleve el viento, no es un día más. Que este tiempo y espacio no te absorba.

Duerme, no busques noches de agonía. Las heridas no pueden ser folios quemados al tiempo.

Flor mujer

Soy pétalos de carne, con el pistilo que yace en mi sexo puesto en dos ovarios. Mi polen marca el reloj de la vida. Mi jugo es un néctar tomado todos los días.

Sigues contando conmigo hasta en las malas, dice en su fluorografía. Y aunque el viento ignore la profundidad del vínculo con la flor, así el amor no explica la bofetada que da a la lógica y a la razón. El viento no sabe explicar la brisa húmeda del beso ni la succión floral que cura la enfermedad.

El poder de la flor radica en la esencia que deja, en el canto suave de su voz y el baile para dos.

Te encanta su nombre, su olor, su luz, su oasis. Y te sientas a pensar en las nubes, en el colibrí alimentándose del néctar, la vida.

Aprende de ella que no le teme a la lluvia, baila con ella. Aprende, porque no le teme a la selva, siendo ella una flor silvestre, quizá. Es la única entre tantas. Aprende y entiende que ella es el aroma de la vida, la semilla del amor por mucho que la arranques, y la despedaces.

Ella es semilla y florece.

Su jugo es néctar para quienes han estado muertos, en vida.

Un idiota jugando a escritor

En la oscuridad de tus días, de tus ojos grises y de tus rizos de oro; en la confusión de las estrellas, me pregunté quién eras.

En el extravío y la búsqueda de un gato negro en tu cuarto oscuro y desordenado, jugamos al escondite para cambiar el sentimiento.

Te irás. Lo pienso mientras lees Hay un pájaro azul en mi corazón, de Charles Bukowski. Y siento que puedo cambiar el concepto de tu personalidad egocéntrica. Salieron lágrimas de mis ojos que salpicaron la sábana de tu cama.

Aquella era una lectura para romper el rito monótono. Me acosté en tu cama, pero no en tu alma. ¡Idiota! Me soltaste. Muchas risas, mientras yo, con el corazón entristecido, me inventaba la poesía desconocida, esa que no entenderías.

Eras solo un niño jugando en la orilla del océano, balbuceando con espumas.

Se me apagó la luz. Pesadilla o clarividencia, quién sabe. ¿Cómo puede jugar a escritor un idiota?