Los míseros misereres

Pedro Alfonso Morales

Tal vez nadie lo ve ni los identifica, pero allí andan de vela en vela, de muerto en muerto, de iglesia en iglesia, de vida en vida. Es una profesión con excelente currículo a la que le dedican tiempo, esmero y astucia para obtener buenos resultados.

Una diversión a la que tal vez se llega sin querer por la costumbre del protocolo y la tertulia. A veces por la necesidad a que se ve sometida la familia y sus patriarcas.  Una actividad que se vale del arte del buen hablar, de hacer teatro con el luto y de acompañar en el dolor en los momentos más difíciles de la vida.

En el antiguo Egipto la familia del difunto contrataba a las plañideras que eran mujeres para que lloraran en público el lamento y el dolor de la familia. Algunos les llaman hipócritas del dolor y el luto, pues sus lamentos se convertían en gritos estridentes y estertóreos que bien podían morirse de tristeza o melancolías.

Los míseros tienen dominio de la palabra y de las cosas, pues abordan una variedad de temas que encuentran en sus ociosidades y capacidades. Tienen carisma y talento para familiarizarse con el dolor ajeno y hacerlo propio: ya por sus rostros lacrimosos, ya por sus atuendos especiales para la ocasión.

Los míseros son personas muy pintorescas, hombres y mujeres, vestidos de negro y blanco, elegantes, con cierto estilo de pesadumbre en la personalidad y cementerios en las miradas y sonrisas. Llevan puesto un sombrero de pelo negro, con cadenas y llaveros en las bolsas del pantalón, tintineantes, chaqueta también negra, una especie de Mauricio y Filosofito, cantando en la calle, camisas de popelina o dacron blanco, almidonada, corpiños tristes, bolsas enormes con ojales y botones de refuerzo.

Ellos saben rezar y cantar a capela y con el armonio del maestro Enervando y de tanto escuchar la palabra de Dios se saben de memoria una gran cantidad de letanías, versículos y capítulos completos de la Biblia.

En la misa de seis o de nueve son los primeros en responderle al sacerdote, pues conocen con clara armonía, los tonos y cadencias de la eucaristía. En las misas, novenarios y rosarios, contestan con voz fuerte para hacerse sentir y ser recompensado con creces en sus esfuerzos.

Los míseros son los primeros que llegan a las iglesias, pero no se sientan en las bancas, pues su misión es acompañar a los dolidos parientes del interfecto. Ellos cambian constantemente de lugar para beneficio propio y se mueven con cautela de un lado a otro, como actores de cine, frente a la cámara que va captando sus sonrojos.

A menudo conocen el santoral católico y los nombres de personajes famosos fallecidos en la ciudad a través de un listado puesto en cronogramas de misericordias y luto. Han recopilado los nombres de las iglesias y la de sus sacerdotes, por aquello de la puntualidad y los tiempos de las misas. Según sus palabras, los curas jóvenes duran en el oficio 45 minutos y los de mayor edad una hora como mínimo.

Los horarios de las misas de los difuntos, casas de recepción, tipos de recordatorios, bebidas y comidas que las familias leonesas ofrecen a las amistades, están anotadas en sus cuadernos con tanta delicadeza que parecen poemas con las metáforas subrayadas.

En alguna medida trabajan organizadamente con tiempo y espacio, pues asisten en buena cantidad y aparentan ser creyentes más de lo creerían los simples mortales o promesantes. Muchos creen que tienen un jefe al cual responden con obediencia, pues parece que organizan el trabajo en las iglesias y lo recaudado pasa a un fondo común que administra, vende o permuta el miserere mayor.

Algunos los han visto en las calles y mercados, vendiendo recordatorios como crucifijos, santos y vírgenes de yeso, flores naturales y artificiales, medallas y oraciones.

En su afán de míseros misereres se auxilian de mujeres y niños para tener mayor cobertura. La hora clave de los míseros es al final de la misa, cuando los deudos reparten sus recordatorios. Ellos se desplazan por toda la iglesia para agarrar la mayor cantidad de objetos y cosas. Toman los objetos y se los echan en las bolsas o en el pecho, mientras siguen buscando. Piden por todos lados.

Cuando se trata de recepciones, beben y comen sin compasión. Van y vienen, toman, agarran, comen y beben sin escrúpulos. Se les ve felices y se rozan con los notables. Cada uno abarca lo que puede, pero no desmayan en sus intenciones.

A veces acompañan a los deudos hasta el cementerio y de allí se llevan ofrendas florales y coronas fúnebres o crucifijos benditos. Para ello se valen de bicicletas o cualquier vehículo que los saque de apuros.

En ciudades como León frecuentan mucho las iglesias de El Calvario, La Merced, Guadalupe y Catedral. No se pierden una misa, un rezo o una vela en la ciudad. Es muy común verles en los atrios de las iglesias desde temprano, platicando del muerto como si en verdad, lo hubiesen conocido. De los años cuarenta, muchos recuerdan a Chepito, un personaje pintoresco que no perdía una vela, según la profesora Virginia Olivas.

Ellos se enteran de las misas a través de las invitaciones por las radios de la ciudad, por el periódico y por los altoparlantes que deambulan por las calles. Ya son personajes de la ciudad, porque Dios da de todo en el trigal.

Entonces en la próxima misa sepa usted que no estará solo. Cuando vea que la iglesia está llena de amigos, algunos de ellos son los míseros que llegan sin invitar. Igual que los demás deben ser atendidos con delicada y especial atención. Allí estarán con sus trajes negros, tal vez tristes, quizás alegres, acaso aturdidos, esperando la hora de la hora.

Después de todo, los muertos se lo agradecerán, porque cada uno tendrá una oración o tal vez una petición para su deudo. Y allá, en el límite de la esperanza, sabrá Dios si ellos también, tendrán un buen cortejo y una buena recepción, donde todos sin querer, hagamos el papel que ellos hicieron con enorme voluntad: necesitas caret lege.

Santiago Montobbio escribe: «Como tú bien dices / como las antes tan respetadas plañideras / han sido prohibidas en los días y en los cuadros / pues cada vez se hizo más persistente el rumor / de que su oficio hacía cosquillas a los muertos…».

Telica, 27 de enero, 2004.