El payaso Toto

Alberto Juárez Vivas

Cuando Yurén cumplió cuatro años, sus padres le hicieron una fiesta. Invitaron a los niños del barrio a la piñata, un muñeco spiderman. También el queque traía impreso este personaje de cine; le fascinaba esta serie de dibujos animados. A veces se sentía como el hombre araña. Pero, también le tenían otra sorpresa, al payaso Toto para animar la fiesta.

Con lo que no contaron sus padres es que a Yurén no le gustaban los payasos, les daba terror, como la gigantona y el enano cabezón.

Los niños andaban disfrazados con antifaces, corrían de un lado a otro con pistolitas de agua. Las niñas cargaban en sus brazos muñequitas de plásticos con las que jugaban, aparte de los niños. Todo se desarrollaba a las mil maravillas. La mamá de Yurén ordenó que comenzara el espectáculo de la piñata.

Gustavito fue el primero en tomar el palo cubierto de papelillos azul y amarillo. Vendado con una pañoleta negra intentó darle golpes a spiderman. Pero, dos adultos, uno en cada extremo, se lo impedían, jalaban la piñata de uno a otro.

El payaso Toto alegraba con sus ocurrencias a los pequeños, les regalaba chimbombas con forma de perritos, carros y caballos. Yurén los observaba a cierta distancia, detrás de personas mayores. Mientras tanto, continuaban los turnos de niños garroteando a la piñata que ya se mostraba pronta a derrumbarse.

—¡Paren! ¡Paren! –gritó la mamá de Yurén–. Que pase el cumpleañero.

Y todos, al unísono, corearon: «¡Que pase Yurén! ¡Que pase Yurén!»

Pero, Yurén se había escondido debajo de una de las mesas plásticas que decoraban el patio. Él quería su piñata, hasta la había soñado, pero ahora quien estaba al lado del muñeco spiderman era su peor pesadilla, el payaso Toto, quien empezó a llamarlo con gestos graciosos.

—Yurén, ¿dónde estás? Ya te vi…

A pesar que Yurén hacía todo por esconderse bien, agachándose, casi todos los asistentes sabían dónde se encontraba. El payaso Toto en compañía de varios niños simularon buscarlo por todas partes.

—Yurén, ya estoy cerca –gritaban todos–. Yurén, te voy a encontrar.

Y de pronto…

—¡Zas! Aquí estás, mi amiguito.

El niño sintió unas manos pesadas que lo agarraron por detrás. Sus compañeritos gritaban su nombre, animándolo. Sin saber cómo, de pronto, se vio en los hombros de su gran enemigo, el payaso Toto.

—¡Mamá! ¡Mamá! –gritó Yurén desesperado–. ¡Ayúdame, mamá!

Como su mamá no se acercó, sintió haber sido abandonado. Lloró tanto que el payaso Toto, al ver la reacción del niño, con suavidad lo puso en el suelo y se puso de rodillas. Yurén no le daba la cara, deseaba soltarse con prontitud de aquellas manos que lo sujetaban.

—Mírame, Yurén –le dijo lentamente el payaso Toto–, yo soy tu amigo, no tengas miedo. Por favor, míreme.

Yurén, muy despacio, fue alzando la cabeza hasta ubicar sus ojos frente al payaso.

—Vamos, tócame la nariz de tomate.

El payaso Toto, con sumo cuidado, tomó la mano derecha del niño y la condujo hasta su roja nariz. Yurén presionó y ¡Bip! ¡Bip! Sonó aquella nariz, igual que el pito de su triciclo. Yurén, poco a poco se fue calmando.

Cuando el payaso Toto soltó sus manos y las llevó a su nariz, Yurén salió a prisa a los brazos de su mamá.

—Pero, ¿qué le pasa a mi pequeño? –le dijo su mamá–. El payaso Toto vino a divertirte.

A cierta distancia, Yurén vio cómo a punta de un certero garrotazo destrozaba a spiderman. Al sueño cayeron cientos de caramelos y tras estos los niños para cogerlos. Pero, aquel alboroto ya no le interesaba, prefirió llenar su pistolita con agua y guardarla adentro de su short verde.

Momentos más tarde, el cumpleañero llamó a sus amiguitos para decirles que debían estar preparados, por si acaso regresaba el de la nariz de tomate. Y les dijo:

—Si viene, disparemos el agua a su cara, para que no vuelva con el espantoso olor a pintura.