Las visitas a Barba

José López Vásquez

La primera vez que visité al poeta Edgar Escobar Barba, allá, en el kilómetro 22.5 carretera a Masaya en su casa, que más bien parecía un castillo pequeño teniendo como telón de fondo la imagen de una fumarola. Me pareció estar ante el hogar de un ermitaño, rodeado de hojas secas y marchitas, de árboles áridos, de los cuales, se desprendía algún silbido de cigarra o el trino aburrido de un pájaro; rocas volcánicas, monte revuelto con grama y una que otra bolsa revoloteando, impulsada por el zumbido feroz de algún automóvil.

Soné y soné el portón, grité y grité hasta que luego de cinco minutos de estar ahí, salió a recibirme, acomodándose los lentes. Quitó el candado y entramos. La casa, por dentro, olía a libros; en el piso había papeles envueltos, un par de lápices, una agenda y una libreta. Barba, era un solitario, un reacio ante lo que se mal llama «élites literarias» o también, ante los grupos sectarios. Leía y releía sus versos hasta dar con el acabado adecuado de acuerdo a las cadencias. No creía en las fórmulas ni en los iluminados. Creía en el trabajo duro y sistemático, en la lectura y en la crítica constructiva y franca.

Sentado de espaldas a la refrigeradora de su cocina, entre uno y otro cigarrillo, comenzó a desarrollar su conversación acerca de los diferentes aportes, características y datos relevantes de movimientos y grupos literarios y pictóricos, aunque a veces se desviaba hacia asuntos relacionados con temas cinematográficos e históricos, todo sometido a un riguroso escaneo analítico y genuino. Implementaba mayor énfasis al referirse a los más que conocidos: poetas malditos. De ellos, conocía a fondo sus posiciones críticas y rebeldes ante las sociedades de sus épocas, de sus costumbres y escándalos, de sus afanes renovadores y desdicha rotunda frente a distintos aspectos de la vida.

De pronto se levantaba de su silla, bebía un poco de agua helada y se apresuraba a su habitación a traer un poema de su autoría o de algún autor idolatrado para leerlo. Ahí empezaba el espectáculo, cuando recitaba con su vocerrón sonoro, metiéndose en el texto, viviéndolo, con gestos casi teatrales. Apagaba un cigarrillo y encendía otro; y hablaba y hablaba, disfrutaba hablar, sobre todo cuando se trataba de literatura. Así pasaban las horas y yo estaba más que contento por haber recibido una cátedra gratuita de cultura general. Sin embargo, cuando me di cuenta, en medio de aquella atmósfera verbal, eran las cinco de la tarde. En ese momento, salí a la carretera con prisa y abordé un microbús.

Para la siguiente semana, a través de un e-mail se me invitó formalmente a un pic nic en su casa, pero no sólo se trataba de compartir e intercambiar refrescos y bocadillos, sino también, de realizar trueques de libros, dialogar, opinar, debatir sobre diversos tópicos. Intercambiábamos experiencias y así, el grupo vino consolidándose y cuando nos enteramos, iniciamos a conspirar poéticamente.

Nuestros planes consistían en publicar una revista, montar recitales y talleres, promover debates y mesas redondas. Nos coordinábamos, organizábamos y aspirábamos en grande. Con el tiempo se nos unieron más voces, llenas de ideas frescas e interesantes. A decir verdad, luego hubo más y más visitas y todos coincidíamos en algo: en las ganas férreas de aprender. Por eso, nos congregábamos, totalmente convencidos que lo hacíamos no ante un sabio o un erudito, sino ante un amante de la palabra, un fiel creyente del trabajo en equipo y del talento joven.