Sobresalto demandón

Reina Tamara Ríos Suárez

4:00 a.m.
Sentí caerme de la cama.
En el sueño,
mi cuerpo desnudo se sostenía
en tu péndulo rígido.

Abracé mi almohada,
humedecí mis labios y
mi lengua quiso explorar,
pero había ausencia ingrata.

Recordé la fuerza del macho,
sus movimientos, su andar,
en mí, hecha brisa, mar,
dejándome llevar, entregada.

Aprisioné la almohada y exhalé,
cubrí mis piernas erizas, frías,
de tan solo pensarte.

¡Ay, cómo recuerdo tus manos!
Mi cuerpo las añora, se crispa
y no me aguanto.

Por eso cada vez
espanto la somnolencia
al digitar tu número telefónico
y responder a tu Aló, al cómo estás
y las palabras se me quiebran
con la almohada entre mis piernas:

—Venite, pronto, muy pronto,
me urge tenerte aquí,
que me embistas toda, toda,
y acabes con este frío,
dándome el fuego, el ardor,
que calmen mis carnes,
que bebas de mis aguas,
como nunca se me olvida.

Esta madrugada de octubre,
me duele, porque no estás,
porque el macho que yo quiero
no está para calmar a esta hembra.