Ecos en el Sandino

Por: Bruma Jinotega

No los he oído, salí huyendo desde hace meses. Pero no una, sino varias personas me han contado que todas las noches, desde la madrugada fatal del 24 de mayo del 2018, se oyen ecos en el barrio Sandino de Jinotega, últimamente conocido como «El pequeño Monimbó del Norte».

Pobladores dicen que se escuchan ecos de balas, las que aquella noche mataron en el barrio; que las casas más humildes, de zinc y madera, todavía crujen en la madrugada, como cuando corrían los gendarmes detrás de los muchachos que defendían su barrio.

Doce de la noche. Pisadas pesadas de gente corriendo. Ecos de caída. En la acera de una casa verde, en las madrugadas se escucha un golpe sordo y pesado en el piso, como si alguien cayera. Vecinos dicen que es Benito, porque el viento susurra que no lo maten, porque tiene hijos.

En otra cuadra del mismo barrio, se cuenta que también en las madrugadas el viento se detiene de golpe y se escucha el sonido del disparo de huleras. Los ecos caen sobre láminas de zinc como si fuesen granizos, quizá un trino, porque las niñas del barrio dicen que es el pajarito libertador, Leyting. Cuando encontraron a Leyting tenía la hulera y las bolas chinas en sus manos

Alguien cae a escasos metros. Tiembla el suelo. El viento se lleva la voz cansada de Bryan: «Ya me diste, no remates.» Frase que recorre el agua del cauce que él no pudo cruzar. Dicen que suena más fuerte cuando llueve, como para que su voz llegue hasta la comunidad de El Cacao, donde su madre Mayra decidió enterrarlo. Se dice que cuando llueve, ese eco suena fuerte, para que su mamá sepa y sienta que él sigue ahí, cuidando el barrio.

La gente dice, la gente afirma, que en la cumbre del cerro se enterraron muchachos antes torturados. En las noches se oyen lamentos y suspiros agónicos. También, cuando el viento sopla fuerte, se recuerda el eco ahogado de la masacre de julio. Zumba el viento como aquellas balas en contra de los chavalos, la corriente entra en agonía, como si el sonido se incrustara entre los árboles del cerro que rodea al barrio Sandino.

Cuando inician los ecos del 24 de julio, los valientes se asomaron a través de los agujeros de balas, cicatrices de casas. Algunos abren sus ojos para ver quiénes corren por las calles del barrio todas las madrugadas. Aunque las pisadas se escuchan, nadie pasa.

«Yo sé que son los muchachos; ellos siguen cuidando al barrio. No pueden descansar, saben que no ha terminado». Los gendarmes lo saben, porque «por las noches se cagan. Intimidan, pero no se atreven a subir hasta adonde mataron a los muchachos».

En la guarida de los sapos, casa comunal convertida en cuartel, los vigía que hacen turnos y rondas nocturnas, no van solos. Las viejas del Sandino lo dicen, «saben que a los muertos no les hace nada las balas y que no temen a los vivos».

En el barrio Sandino de Jinotega, «El pequeño Monimbó del Norte», los ecos viajan con el viento, y tienen almas jóvenes que andan por ahí.