Signos rotundos y claros, poemas de Henry A. Petrie

(Del libro en construcción, Luciérnagas en abril)

Ven

¿Deseas un poema abstracto,
una obra maestra con rasquiña de ombligo,
de esos que sufren o se deleitan en sí mismos?

Ven a esta crucifixión de almas jóvenes;
ven, y respira el aire que pesa tras cada hedor,
la pestilencia del corrupto y el criminal.
Ven, para que sepas cómo no escribir un poema
con tanto tufo de clase o falsa iluminación.

La sugerencia es ridícula y bofa,
cuando los signos son rotundos y claros
en cada voz, en cada palabra, el verso
que surge de realidades y en su fragua
va pariendo imágenes convulsas.

¿Deseas un poema abstracto? Ven,
toca el concreto de la sangre derramada,
la carne desgarrada por la tortura; ven,
siente el filo de la muerte calando hondo,
y esculpe el poema cual piedra dura y grande.

Que el arte no se enfríe ni fallezca insulso
ni el moho masacre la vena sensible.

El terror de los demonios

El estruendo del mortero
es grito, consigna, celebración;
en chimbombas azules y blancas,
el espíritu rebelde del pueblo.

El tirano está loco,
sombras extrañas lo acechan,
se muerde la lengua,
busca en su encierro el humo
del hechizo, el monstruo mudo
y su mujer cabeza abajo
con sus oraciones al revés.

En las esquinas el mortero,
en las calles las chimbombas,
la invasión está en curso, la justicia;
la mala magia fenece
en círculos y pasos quemados.

La marcha de las banderas y
el coro desde las cárceles,
gritan de frente, enseñan sus rostros
y declaran el repudio rotundo.

El demonio tiene hambre y su mujer,
cabeza abajo y delirante, enloquece,
necesitan sacrificios, el rito,
pero no hay niñas que encerrar
ni cercenar sus vidas a lengüetazos
de oscuridad y azufre.

Los morteros estallan secos
cual cañones libertarios, y los pasos
del pueblo en su marcha abanderada,
son campanadas y redobles que espantan
a los zombis en estanques pútridos.

La mujer tirana esposa del demonio
está cabeza abajo y ojos pronunciados,
en su cuello se cierra el dogal,
acechan las sombras espantadas
de tanto azul y blanco en las calles,
son destellos de futuro, advenimiento
de la vida nueva sin almas mendigas.

La mujer tirana esposa del demonio,
tiembla en su aposento, escucha
con horror el estallido de morteros,
muy cercanos a su desvelo desde abril;
con el nacimiento del hongo en la rotonda
del falso y ajeno monumento, el derrumbe
declarado por la juventud y su sangre.