Feria

Omar Alí Moya García
“Los monstruos son reales, y los fantasmas también:
viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan”
― Stephen King

Manuela se ha levantado temprano. Es jueves. Febrero se alza por encima del horizonte con sus días efímeros. Se acicala lentamente Manuela frente al espejo de su vida y cuenta las arrugas en su rostro, rastros de otros mejores días. Enciende la radio para escuchar los últimos pormenores del mundo, se sienta a la mesa, suspira, mientras tira la mirada al techo por donde un rayo de luz se mete sin permiso, come un poco de pan y en el humo del café recién hecho se dibujan los recuerdos. Hay un poco de neblina en sus ojos, ella la ahuyenta con su mano temblorosa, mueve sus manos como diciendo adiós, tratando de acomodar las piezas de su rompecabezas. Dicta sobre la mesa sus ceremoniosos decretos imperiales y ubica cada cosa en su lugar preciso, donde le corresponde desde el inicio de los tiempos.

La soledad se asoma por una hendija del biombo. Ella cubre la hendija con un trapo rojo con el que seca a veces los ríos solitarios que brotan de sus ojos. La casa desde hace años está llena de hologramas: niños corriendo de aquí allá, la madre arrullando a sus hijos en el butaco mientras tararea una canción de cuna, bullicios, risas, llantos, las comilonas familiares que parecían que derrumbarían la casa. Las flores en los jarrones esquineros se marchitaron hace siglos. El humo se llevó a los niños cuando crecieron y alzaron vuelo. El fuego terminó de abrir más la herida cuando el lado derecho de la cama solo dejó un espacio vacío con forma de varón. Pero el tiempo y la llegada de los nietos logró cauterizar un poco la vida. Respirar se le hizo más llevadero.

Manuela mira el reloj de pared. Son las 7:35 de la mañana. Está sofocada, impaciente, inquieta. Ella tiene el número 053. Así lo dice la tarjeta de pagos que le asignó el Seguro Social, para los jubilados y personas de la tercera edad. ¡Por fin llegó la nieta! La compañera de sus quijotescas aventuras de viejita. Carmen, la hija, no ha tardado mucho: solo ha pasado dejando a la niña. Ya va tarde al trabajo, dice. Carmen le da un sonoro beso a Manuela. «Portate bien aquí en la casa de tu abuela», la niña le tira una mirada llena de complicidad a la anciana y Manuela le hace un guiño. Carmen se va. A lo lejos solo se mira el humo de su auto que va diciendo adiós.

El tiempo es oro. Ahora Manuela lo sabe a sus 87 años. Termina de alistarse, mientras la niña juega con sus muñecas, juega a ser mamá, tener muchos hijos y también quiere ser ingeniera como su madre. Manuela la escucha jugar mientras termina de arreglarse. Manuela le pone un sombrero a la niña y se van caminando. No llevan prisa, pero tampoco quieren llegar tarde. En el camino la niña ataca con preguntas, son dardos en los aires que zumban fuerte, tocan el fondo de los tímpanos: ¿Cómo nacen los niños? ¿Por qué no podemos volar como los pájaros o respirar bajo el agua como los peces de colores de la pecera de mi casa? ¿por qué no vives con nosotros abuelita? ¿Por qué esto? ¿Por qué eso otro?

Manuela no se impacienta y trata de responder cada pregunta que la ha tomado por sorpresa, como toma por sorpresa un águila a un ratón de granja mientras disfruta de un trozo de queso. Mientras Manuela responde, se van acercando a la calle. En el camino se han encontrado con otras personas que van al mismo lugar. Se saludan y detienen a medio camino, a contarse las mismas historias que se cuentan una vez al mes cuando logran verse, a detallar pormenores de hogares, de hijos y nietos que han devuelto la vida a las casas vacías, y entre preguntas de las niñas y conversaciones efímeras con las amigas de antaño, Manuela no siente sus pasos que de pronto han recobrado juventud y pasión. El lugar donde retira Manuela mes a mes su pensión, es una casa grande que aún conserva vestigios coloniales, hay un enorme corredor donde todos esperan su turno. La calle donde está la casa, es un monstruo.

Es un monstruo que se despierta una vez al mes. Durante casi treinta días la calle perece desierta, pero de pronto, el monstruo se levanta y ruge. Le han salido alas y garras a la calle. El sol inclemente golpea el adoquín. Se han levantado tiendas e invade el bullicio. Poco a poco aquella calle desierta se llena de gritos, alborozos, de movimientos mercantiles, de fiesta y jolgorio.

Ahí está la señora que vende frescos, la de los juguetes, la que lleva ropa usada, la que se levanta a preparar la venta de tortilla con pollo frito o carne, el hombre que ha venido desde tempranas horas a ofrecer el producto de las uñas de sus manos, rasgando la vida. Por allá se escucha una venta de rifa. Están rifando un ternero para que puedas celebrarle la promoción a tu hijo o el bautizo de algún nieto. Aquí viene el de los raspados y su clin clin de la campana ha llamado la atención de los otros niños que, como la nieta de Manuela, andan acompañando a sus abuelitos o abuelitas. Allá van los chavalos a comprar uno de 10, uno de 15, o uno de 20 al que le echan una buena porción de leche condensada. Por aquí hay vigorón y esta otra señora está vendiendo consumido, nacatamales. El monstruo está feliz, se frota las manos, sus alas metálicas y duras se extienden por todo lo alto de aquella calle. Se acerca un hombre que vende bisuterías y chucherías para pasar el rato. Ya va la cola por el número 035, y Manuela espera con paciencia. La nieta mira en derredor cómo el monstruo de la calle se agiganta más y más. No llegó el 043. No llegará más. Anoche murió de un infarto, repentino. Hay un señor con un cuaderno donde apunta las colaboraciones para llevar a la familia del difunto. Los que salen dan su aporte. Hay rostros enrojecidos que no se quieren resignar. Por este lado están comentando la desgracia de don José. Algunos cuentan anécdotas que vivieron con el ausente. Hay un silencio repentino. «¡Aquí está su fresco de chicha y jengibre!» rompe el silencio un hombre. Va montado en su triciclo. Lleva un enorme termo rojo, todo sucio y lleno de lodo. Algunos compran, porque el calor está empezando a golpear. Otros dicen No gracias y algunos se hacen los sordos. Hay una manada de buitres que han salido de la boca del monstruo y que se acercan y ofrecen sus productos a buen precio, a como usted desee abuelo, a 24 meses o 36 si lo prefiere, para que compre su cama, su licuadora, su abanico mire que el calor no perdona, su cocina nueva para que no se llene los pulmones de humo, la refrigeradora para que conserve mejor su comidita, el equipo de sonido para que ponga a bailar a los nietos. Andan con volantes y los reparten. Se escucha el crujir del estómago del monstruo. Tiene hambre. Se alimenta de tiempos y ojos.

Ya salió Manuela. No quiere ver a los lados. Pero el monstruo le ha hecho ojitos a la nieta, la seduce, le saca la lengua y le endulza el oído con una canción apresurada. El monstruo siente ganada la batalla, sabe que ha conseguido la atención de la niña, y está dispuesto a comer. Manuela camina, pero siente los brazos de su nieta que la detienen lentamente. La mano de la niña señala. Señala aquí y allá y más allá. Una feria de ojos y voces que te llaman una y otra vez. Una red ha caído sobre los ojos de Manuela. El monstruo se frota las manos. Manuela gira y se deshace de su vejez, en remolinos y caracoles. La nieta ha sonreído. En el fondo, Manuela estaba esperando ese llamado. Manuela toma al monstruo de la cola y lo mete en su bolso. Lo amordaza. Ahora es ella la que tiene dominio de la calle. Es ella la que ahora dicta las leyes y designios. Esta camisa para Carlos, le va a quedar muy bien, esta chinela para tu hermana, mirá, esta blusa para tu mamá, para cuando le toque alguna celebración especial en el trabajo. Ya viene el día de las madres, piensa Manuela. Este servicio de vigorón para tu tío Alberto, ya que solo a él le gusta comer chicharrones. Se lo sirven empacado, pero ella lo prueba, siente muy dura la yuca y reprende al vendedor. Se desplaza con dominio de gacela entre las ropas y las frutas, los zapatos y las vende rifa, entre las bisuterías y los puestos de medicina natural que de pronto han aparecido, entre los microbuses que venden recargas y felicidad en los dedos y los puestos de perecederos a precio más barato que el de las pulperías. Toma un poco de lo que hay aquí, regatea un poco por allá. Manuela dicta las leyes del destino de aquel día. ¡Qué cargada que vas, Manuela! le dice alguien. Es que uno nunca deja de ser madre, responde ella. Manuela ha tenido que extender sus brazos, que abarcan tanto amor y bolsas atestadas de caricias e ilusiones. La niña, en un descuido, logra sacar al monstruo del bolso de la abuela. Derrotado, el monstruo se entierra entre los espacios vacíos de los adoquines grises, esperando otros treinta días más para volver a invadir la calle desierta.

 (Del libro inédito Manicomio y otros cuentos, de Omar Alí Moya García).