Los llantos sentencian al tirano, poemas de Henry A. Petrie

 

(Del libro en construcción, Luciérnagas en abril)

El Chipote abominable

En la loma Tiscapa, Managua,
quejidos salen de El Chipote,
afuera los llantos maternos,
el dolor profundo, la cuchillada,
injusticia somocista combinada
con orteguismo y consorte,
claman por sus hijos, inquilinos
de la tortura, terco empeño
del tirano con alegato terrorista.

Rebelde la esperanza,
sonríen desde la penumbra, los hijos;

bajo sol y sereno, la guadaña
ronda o hiere entrañas de madres,
aferradas al beso aún fresco
de la despedida para el vuelo pronto.

Los llantos sentencian al tirano,
el oprobio destiñe el rojinegro
y en sus actos vomita ignominia.
¿De qué sirven olivo y laurel,
si el fantasma de Somoza venció
el alma agrietada del guerrillero?

Aquella sombra fría de la celda,
creció y creció hasta carcomer
la conciencia de su histórico ideal.


17 de julio del 2018

Sí, fue el 17 de julio del 2018.
No hay alegría, solo dolor.
El dictador ajusticiado en Uruguay
reencarnó en el líder insurreccional.

Y ordenó masacrar Monimbó,
la piedra en el zapato, la condena
frente al espejo, el horror,
la pesadilla del sueño.

No. No cayó Monimbó.

Zombis armados avanzaron, eufóricos
por la guerra de ellos, ahogándose
en vítores a sus amos,
como un raro rugido enconado.

No. ¡Monimbó no cayó!

Entre sombras raídas y malolientes
celebraron los zombis emborrachados
de glorias pasadas y en sus ojos,
venda gruesa y panorámica ocre.

¿Dónde están los guerreros Monimbó?
¿Dónde sus cuerpos agujerados y apilados,
sobre los cuales hayan danzando los zombis?

¿Dónde están las luciérnagas aplastadas,
apagadas o machacadas con furia bestial?

Se convirtieron en conejos y buscaron
al cusuco con la guía del zorro
y la vigía del inquieto venado.

¿No sintieron el viento de un vuelo
que sabe su destino?
¿No ven luces y huellas que en círculos
retornan desde el hogar cusuco?

No. No fue Monimbó el que cayó.

¿No?
¿Será tan perfecta la geometría
que esconde el espejismo antepuesto?
¿No advierten, acaso, el silencio
que observa los pasos de zombis?
El cadejo atávico en la imagen de Firulais,
se los llevará al caldero donde hierven
las almas que han tragado oscuridad.