Murciélagos

Mauricio Rayo A.

Vino así, de repente… Algo en ella me llamó la atención, tal vez porque el día en que la conocí, cocinó solo para mí. Fue algo exquisito. Recuerdo que había dejado marinando un par de langostas, que después la preparó a la termidor, con papas, salsa blanca y ensalada con vegetales frescos, al final, una copa de vino tinto para sellar esa noche especial.

Después otras cosas afloraron, su hermoso y voluminoso cuerpo de dos metros de altura y cuatrocientas libras de peso. Algunas veces me deleitaba al verle caminar, se movía al compás de una música interior, que hacía saltar mi corazón cuando movía su exuberante trasero. Luego su sonrisa, que a pesar de faltarle el diente lateral anterosuperior derecho, expresaba empatía y dulzura; su suave voz se hacía escuchar por horas sin cansarme o aburrirme.

Siempre contándome sus anécdotas o chistes acerca de ella misma, de cómo se burlaban de su cuerpo. Reíamos juntos, a veces lloraba, pero luego se reía de nuevo y decía: los perdono, no saben lo que se pierden al carecer de mi amistad y cariño.

Yo soy su único amigo…y ahora su novio. Me llegó al corazón, sobre todo por los cuidados para cuando fui operado de apendicitis, me trato con delicadeza y ternura todo el tiempo de mi convalecencia. Me llevaba a la cama consumé de carne con hierbabuena y cilantro, frutas dulces o café caliente acompañado de rosquillas tostadas.

Cuando hacemos el amor, es sensacional. A veces me excita aún más, cuando canta en éxtasis. Cada día ha sido mejor, siempre dispuesta, siempre comprensiva. Su olor hormonal me vuelve loco.

—Amigo, ¿quiere decir que estás muy enamorado?

—¡Claro!

—Y… ¿Cómo lo sabes?

—Sencillo, amigo Juan. Es algo especial, tal vez diferente de lo que todo hombre siente por su amada, es decir… Siento murcielaguitos en el estómago.