Juana la loca sabe amar

Omar Alí Moya García

Juana la loca sabe amar. Eso es lo que se dice de ella. Y ella misma lo confirma. Se levanta temprano cada mañana, lava su cara y se peina frente al enorme espejo de su habitación, se escuchan los cantos de los gallos mezclados con el triste lamento de un violín en la distancia. Estira su larga cabellera y desenreda las hebras una a una.

Juana, la loca, sabe amar. Ella misma lo dice. Abre las cortinas de la ventana y respira el aire puro. Ya han llegado las sirvientas a servirle el desayuno, mientras el marido aún duerme, luego de una noche larga de pasiones y fuegos fatuos. La llevan de la mano y la desvisten lentamente, para darle un baño que despierte sus entrañas. La música de violín se detiene un instante, el instante en que Juana la loca explota de celos y se dirige rápidamente hacia la habitación donde un hombre se revuelca con otra mujer color de la noche y caderas cinéticas, mientras seis caras absortas observan el panorama sexual. Juana, la loca, arremete contra la mujer, quien al verse descubierta intenta huir. Juana le ha clavado un cuchillo en la garganta. El hombre grita que se detenga que no es lo que ella está pensando. Juana, la loca, por un momento es sorda, no escucha súplicas ni reclamos. Se abalanza sobre el hombre y con sus dedos le saca los ojos. El hombre, ya ciego, se levanta y sale corriendo con la cara ensangrentada, sin percatarse que va hacia el balcón, desde de donde cae treinta metros y tres centímetros de altura, hasta partirse la vida entre las rosas y las espinas del jardín.

Juana la loca sabe amar. Dice ella. Se prepara para salir ante sus súbditos, mientras le preparan su carroza, halada por dos enormes ejemplares andaluces. Juana la loca va montada en su carroza y saluda a la gente, les tira besos y flores, acompañada de sus seis hijos. De nuevo la música de violín vuelve a sonar.

Juana Soledad Castillo, la loca, mujer de cuarenta años fue también maestra de escuela. Eso es lo que dicen. Impartía geografía e historia. Le ponía una carga emotiva a sus clases de historias, que lograba trasladar a sus alumnos del antiguo Egipto hacia el senado romano, con la misma facilidad con que los llevaba a conocer los jardines colgantes de Babilonia o las ruinas de Machu Picchu. Un martes de agosto quedó atrapada en la historia y ya no pudo volver. Su esposo, un hombre mujeriego y despilfarrador, se había escapado de casa con una mujer. Nunca se le volvió a ver. Hasta el día en que Juana Soledad andaba de paseo en el balneario de Las Salinas, junto con sus seis hijos, y en el agua vio de lejos cómo un hombre ojos de abismo acariciaba las nalgas de una mujer, la besaba y levantaba por los aires. Juana Soledad sacó un cuchillo de entre el maletero que había llevado. Se metió al agua con todo y zapatos y en un descuido acuchilló a la mujer seis veces en el cuello, «uno por cada uno de mis hijos», y al hombre le sacó los ojos, y lo apuñaló treinta y tres veces, «porque le pido al señor que algún día me perdone».

Acusada de asesinato atroz en contra de Felipe Sebastián Domínguez y de una mujer, cuyo nombre nadie recuerda, el juez declaró que Juana Soledad Castillo, de cuarenta años, había perdido la razón y que, por eso, lo más juicioso era trasladarla a una institución que pudiera tratar su trastorno mental.

Juana la loca sabe amar. Ahí va en su carroza, tirando flores y estrellas a la gente que la saluda, y la música de violín acompañada con sonidos de piano y ópera van llenado de júbilo el cortejo de la reina.

Es día de visita. Los seis hijos de Juana Soledad Castillo la miran de lejos, la deletrean de pies a cabeza, observan como un enfermero al que le dicen Cortecito, la trae en una silla de ruedas por el andén del jardín del hospital psiquiátrico, mientras ella viene tirando rosas de papel, de un lado a otro, rosas que todas las tardes se pone a hacer en sus horas de ocio.

(Este cuento integra el libro inédito, Manicomio y otros cuentos, de Omar Alí Moya García).