Dos cuentos de Holbein Román Sandino Torres

Anoche

Anoche estaba en una hamaca viendo el cielo sobre mí, a las tantas estrellas y las formas que hacía en ellas; se mecía tan grácil esa cosa, el aire a mi alrededor parecía agua en la que un barco flota, el barco era yo. Mis ojos seguían puestos en el cielo, mi cuerpo en un agua incierta, pero ¿dónde estaba yo?, ¿quién era mi dueño ahora? Cierto era que el cielo cautivaba mi mente. Creí, por un segundo, estar bailando entre esas esferas de fusión masiva, ignorando la física y siendo tan ligero como el aire que me apresaba, ¿o era agua?

Sí, sobre aguas flotaba mi cuerpo, aguas heladas, vivientes, reconfortantes, aguas que me mecían y calmaban como a un bebé; las aguas que rodean a las estrellas me durmió, a su lado cerré mis ojos y volví a bailar con ellas.

Cada salto era sobre un sol, cada caída sobre una nebulosa, todo movimiento lo tragaba el vacío; no estaba solo, nunca lo estuve, a mi lado Orión perseguía a las Pléyades, a lo lejos vi a la ballena de la ciencia, tragando galaxias, nutriéndose; tras de mí, una codorniz descansaba sobre una mota de polvo, voló y murió sin encontrar otra; los dioses besaron mis pies, mil mundos saludé con mi mano y ellos saludaron de vuelta. ¿Dónde estaba yo? Yo no estaba, yo era. ¿Qué era yo? No era qué, era dónde. ¿Dónde era yo? Yo era en todo. Un árbol me despertó, bajé de mi hamaca, subí a una de sus ramas, ahí seguí viendo al cielo; me vi a mí, saltando, riendo; feliz. Me vi saludar a mil mundos y yo saludé de vuelta. Otro yo nació de la hamaca y me fui para dejarle en paz, que él mismo gozase las estrellas.

Gama baja

Teníamos el agua al cuello, desnudos en la bañera. La miraba como miraría a un cuadro impresionista, sin yo saber nada de pintura (que no sé). Ella mordía sus labios como si le ardiesen, no pensó en llevarlos al agua donde flotaban los mechones oscuros de su cabello y su piel color caoba pálida, como enfermiza, hundida me decía: «traidor, traidor». Y yo me sentía traidor.

No quise hablarle, estaba pensando. Pensaba en el otro, «¿qué pensaría?». No importaba; importaba el agua y sus cabellos o su piel. Le hubiese insultado, gritado con fuerzas: «traidora, traidora», pero traidor me sentía yo.

—Es muy frío –me dijo.

Miré sus ojos, titilando, apunto de patear al alma de su cuerpo.

—Todo esto es muy frío –reiteró.

—Lo querías frío, ¿No?

Apartó su cara. Seguí viéndola, su cabello de nuevo.

—Lo sé, pero ya no me gusta así.

Me estremecí, supe que no hablaba del agua. Nuestro mes llegaba ya, dejaría resaca y dolería, a ambos nos iba a golpear una fuerza. Yo temía compromisos, ella el rechazo sin precedentes. ¿Qué pasaba?, ¿por qué tan repentina esa afinidad? Llevábamos casi dos meses juntos, ensuciándonos en secreto y en secreto sonrosando miradas con el agua al cuello, en un cuadro de Dalí.

—No –dije.

Me levanté, el agua abandonaba sus cabellos, bajando su nivel, bordeando los pezones color caoba, claros como blanqueados con cloro. Extendió sus piernas, llenó el agua con su cuerpo. Volteó la cabeza y me vio, desnudo, como si fuese su propiedad e intentase escapar. No me veía con esos ojos desde aquel noviembre entre las bancas del colegio, era extraño. Algo me decía que volvería y que ella sabría cobrar venganza. De cualquier modo, no sé pintar y ella es un cuadro impresionista.