La voz del viento en ermita

Gerson Cordero Sánchez

La neblina bailaba con niños en la lluvia y el viento, niños pálidos, similar a nubes. Aquel individuo buscaba palabras indescifrables ante líneas perplejas.

¡Fuego!, gritaron a lo lejos. ¿Fuego?, si está lloviendo. Humo y calidez entraron en su cuerpo. Situación rara. Como si una bala penetrara sus sentidos.

Deseoso de palabras poéticas o citas que bien leyera el ojo humano en busca de soluciones a conflictos. Entendió que cada día quedaba más solo, incomprendido por muchos y escuchado por pocos. El humor era su límite. Sonreía a la intemperie y al perro, que jamás dejó de estar a su lado.

¿Habrá días especiales? Buscó satisfacción hasta que llegó al alcohol. Deseos no cumplidos. En su cabeza tan volada no existía conciencia. Todo había cambiado y perdió la noción del tiempo. Pasmado de humo se fueron desvaneciendo las horas, maquinando pensamientos para una hazaña audaz. Necesitaba tranquilidad, y lo pedía a gritos.

Un significado se ha vuelto difícil, todo; como descubrir la verdad oculta de la vida. Una ola de sentimientos se arrodillaba, pero nadie quería entender, aunque sí dañar a los demás. Eso duele, lo inquieta.

Ruidos. Tumbos en la cabeza, sus oídos aturdidos. Susurro en el aire, de animales; aplausos de ramas de árboles rompieron el viento. Volaron los colores al cielo y quebrantaron galaxias. Sus ojos chocaron con el sonido del mar quieto.

Espacios mínimos de recuerdos entre corrientes frías, momentos frágiles y marchitos. Lo atrapó la necesidad de expresar, de plasmar líneas no superficiales, hasta otra mañana, quizá con el mismo cansancio absurdo, más aún, sin sentido, como cuando se rasga el alma. En su corazón consumido hay estrías; en sus brazos cortados caminos; marcas de uñas salvajes de ardor sexual.

El hielo del viento acarició sus mejillas, la vida toda. Lágrimas congeladas por la frialdad de los sentimientos. Y se pregunta: ¿Quién soy? Recuerda sus deseos e ilusiones, para tan corta vida. Sigue vivo, pero siente que no es nada, y se dice que aún no llena los vacíos.

De niño solía pasear por el monte alto, aquella maleza que el hombre moderno tanto detesta. Lo va matando la lejanía de sus raíces, hay días que lo piensa y solo quiere dormir. Reniega. ¡Jamás debió existir el humano! Sí, detesta al humano, incoherente e irracional, él mismo, cansado y estúpido.

Lo succionó el alma y secó sus ojos. El tiempo es incomprensible, las palabras se borran. La avaricia lo hizo hombre, el riesgo le dio vida y saltó lava ardiente, para luego, secar la piel en el lago. El cielo azul oscuro marcaba puntos y en su corazón indio, palpitaron campanas.

¿Una razón para llorar? Hay miles. Al rico le cuesta ser pobre y al pobre le cuesta ser rico.

Para él, nada es lo mismo. En esta vida cualquier cosa es posible, tan extensa para decidir, la grandeza. ¿Cuál ha de ser la decisión de amar? Hoy puede ver un árbol, mañana el cielo, o sentir el viento y la lluvia. Nada será lo mismo. ¿Mañana? Quién sabe.

El hacha golpea la madera. El eco del canto de gallos y el vuelo de las aves despiden el día, como de costumbre. Escucha voces. Hay niños jugando, ríen inocentes. Patas rascan el monte y el viento insta hablar.

¿Eres tú la naturaleza? Sientes que hablas con ella, en tu mente inventas la voz, siempre el viento y su gemido. Y la conexión se establece en cada pájaro que canta, con leves sonidos de naturaleza. Sonidos que se unen a su ser.

Él soy yo, tú también, todo unido al todo. ¿Pueden darte vida los errores y las tristezas? No lo duda y habla consigo mismo. Sabe quién soy, el joven ermitaño, el único que entendió la voz del viento.