La cita

Alberto Juárez Vivas

Al final, decidí entrar a la Casa del Café. Segundo piso de Metrocentro. Esperé a una dama que desconocía por completo. Me ubiqué frente a las paredes de vidrio de dicho local, por donde miraba transitar a la gente. Los negocios, a lo largo del pasillo, esperaban a sus clientes, mientras la multitud avanzaba en distintas direcciones. Estaba a la deriva, convertido en mitad hombre y mitad celular, no había término medio.

La mesera pasaba a mi lado, regalándome una sonrisa comercial. No he ordenado nada. Me apetece un cafecito bien caliente, sin azúcar, pero tan amargo como para que se me adormezca la lengua, justo aquí, en este lugar con aire acondicionado. Murmullos. Todos los clientes son extraños para mí, están aquí, cercanos, pero tan distantes entre sí. No. No tengo dudas, no conozco a nadie. A la espera de otra persona totalmente desconocida.

La mesera me dejó el menú; comienzo una lucha tenaz. El cafecito apetecido costaba nada menos que tres dólares. ¡Tres dólares! Me inquieté. No estaba ahí para consumir, sino para esperar a una mujer que no sabía si llegaría. De pedir el café me quedaba a pie. Pero, si no lo pido, la joven no dejará de sonreírme o insinuarme que ordene cuanto antes.

«Mire, no se preocupe, por favor. Espero a alguien que pronto llegará», le digo a la mesera bonita, quien me responde, para mi tranquilidad, que no había problemas. Es decir, ahí podía permanecer esperando a la mujer desconocida. Como me sonrió de manera más amigable, le pedí un vaso con agua, necesitaba dar más tiempo.

Entraron caras nuevas al Café, nuevos colores de pieles, murmullos nuevos que acompañan dulcemente mis sorbos de agua helada. Y el tiempo continuaba deshojándose. Con mis ojos, de manera discreta, recorrí todas las mesas, con la esperanza de toparme con algún rostro que buscara a alguien como yo. Alguien que me reconozca, que se deje llevar por mi boina intelectual. Consumí mi paz en un vaso de vidrio, anhelando consumar la negociación y regresar a León. Aquí, a pesar de tanta gente, hay mucha soledad que se esconde debajo de las mesas.

Veo mi reloj y, de pronto, miradas sobre mí. Sentí que cada palabra de tantas bocas, se dirigían a mí. ¿Qué hago?, me pregunté. La joven mesera estaba en una esquina observándome, sin la sonrisa en su rostro. Quizá le llamaron la atención, hay un cliente que hace mucho no ordena nada. El principal preocupado era yo, por supuesto. El tiempo avanzaba y me esperaba un viaje de un poco más de una hora. Recorrí el lugar otra vez con la mirada. Mesas, rostros, ojos… Voces, gestos, miradas cruzadas… Me tomo el último trago de agua, mi garganta estaba seca, comenzaba a desesperar.

Entra una mujer. Busca. Se sienta en una mesa frente a mí. Es blanca, de unos cincuenta años de edad, de lentes. Extrae la Note Book de su cartera, con su pluma revisa. La observo con mucha atención, pero mi celular sonó. Respondo, de inmediato se apaga. «¡Es el colmo! Lo que me faltaba… descargarse la batería…» Me sentí peor que al principio, esperaba aquella bendita llamada, porque me suministraría el nombre de la persona que he estado esperando hace ya rato, aquí, sentado, estirando la bebida de un vaso con agua, con la mirada de la mesera todo el tiempo. «¡Basta!», me dije.

Llamé a la joven, haciéndole señas que se acercara. Frente a mí, supone que finalmente ordenaré. La decepción se le dibujó en su rostro. Le pido otro vaso con agua, excusándome de que ha habido un atraso, que la persona está pronto a llegar. Pero, además, le ruego me facilite un cargador para mi móvil… me brindó el suyo, aún amable.

Mientras fui tomando el agua contenida en el vaso, revisaba qué tanto iba cargando el móvil. La desesperación se me pegó aún más. Miré a través de las paredes de vidrio a la gente que pasaba en los pasillos. Percaté que otra persona había entrado al salón. Una señora blanca con enormes ojos negros, su sonrisa es una invitación. Me decidí a continuar en las mismas. Algo me decía que era ella, la que esperaba. Al levantarme, empujé el vaso vacío y cayó al suelo, haciéndose añicos. Ni modo, tuve que pagar cinco dólares por la broma. Y por supuesto, la mesera comenzó a rechazar mi presencia. Me arrepentí de no haber tomado café.

De nuevo, mi celular sonó. Tenía suficiente carga y de inmediato regresé el cargador a su dueña, para que no se enojará más de la cuenta. Era la mujer, disculpándose por no haber llegado a la cita. No sé si le colgué. Salí de la Casa del café convencido de que jamás volvería a ese lugar. Menos a esperar a un fantasma que nunca apareció. Y salí de ahí, perdiéndome en los pasillos. En una de esas mesas había quedado sentada la mujer de los ojos negros grandes.

«Pero de que me tomo mi cafecito amargo, me lo tomo», me dije con cierto buen humor, mientras se lo pedía a la señora que vende en la parada de interlocales de la UCA.