Dedos

Omar Alí Moya García

Hugo escribe hermosos poemas. Los borra y reescribe sin cansancio. De las bolsas de su pantalón, Hugo saca galaxias y estrellas de protones y nebulosas polvosas, algunas veces las sopla para quitarles la suciedad. Cuando se siente aburrido las pone a orbitar en lo más alto del techo de su habitación, en sus horas más obscuras; le alumbran la noche y los sueños difusos, si es que puede conciliar alguno.

Debajo de su almohada saca un rollo de papeles viejos, escupe palabras sobre el papel y este se expande como un universo otoñal, de donde saltan países y ciudades llenas de música, de autos tristes y avenidas atestadas de niños y gaviotas en las plazas más lejanas.

También dibuja mapas, barcos y astrolabios en las paredes grises y hay una brújula sin tiempo que le palpita en el pecho. De pronto, las paredes se llenan de luces. Las paredes hablan, murmullan. El cuchicheo no deja dormir a Cortecito, el enfermero, cuando está en sus días de turno. «Este viejo mucho jode» piensa Cortecito, mientras sube el volumen de su pequeño radio con el cual escucha el Pomares, pero Hugo ya no está tranquilo.

La habitación de Hugo está inundada de agua-luz, agua-versos. Cortecito se impacienta en el momento que por fin Hugo logra conciliar el sueño. Cortecito, en silencio, entra a la habitación, en una de sus manos lleva una navaja filosa, lame sus labios, le brillan los ojos y, en un acto fugaz, le corta los dedos a Hugo. Para que los gritos no invadan el pasillo del hospital, Cortecito le tapa la boca con una fuerza voraz. Cortecito toma los dedos arrancados de Hugo y los envuelve en un pañuelo. Mira su reloj que avanza en reversa, marcan las veintiuna horas con trece minutos. Saca una libreta roja de su gabacha y anota algo. Cortecito cree haber ganado la batalla y sale apresurado de la habitación.

Hugo, desconcertado, tiene un agudo dolor en sus manos, siente brotar de sus muñones la sangre caliente que cae al piso de donde empiezan a crecer unas plantas de bambú que rompen el concreto baldío. Hugo está triste, no puede ensortijar los amaneceres.

Pero en la siguiente noche, mirando al cielo por la única ventana de su habitación, alza sus brazos y llora su desgracia. De repente, hay algo dentro de su cuerpo que lo hace tambalear, sus dedos retoñan, le crecen de pronto y de sus ojos salta una bandada de águilas enfurecidas y alzan vuelo. La habitación se llena nuevamente de astros nostálgicos, para seguir manchando las paredes con palabras galácticas.

2018.
(El cuento Dedos integra el libro en construcción, Manicomio y otros cuentos, de Omar Alí Moya García).