Del béisbol a la guerra

David C. Róbinson O.

Teníamos que intentar dormir arropados por un charco de agua lodosa, mientras se nos arrugaba el corazón con la noticia de que en la metrópoli el eco de los aplausos, los que daban la bienvenida a los invasores, retumbaba de un edificio a otro. A la distancia del tiempo, algunos compañeros se preguntan por qué las órdenes fueron dirigirse a Cerro Azul y no a Calle 50, al pleno centro bancario de la Ciudad de Panamá. ¿No se supone que en toda guerra hay que darles una dura lección a los aliados internos del enemigo? Esos que vitorearon el paso de las tanquetas yanquis, ¿no fueron tan feroces lanzando sus insultos como los infantes de marina disparando balas? Sin embargo, un compañero me dijo que el se había enlistado en los batallones de la Dignidad para matar gringos, no para asesinar niños. Hoy, Martín explica así esos tiempos: «en esos instantes hubo quienes se convirtieron en ofidios mientras otros se tornaban Halcones».

 Crecí jugando béisbol y no tirando machete como mi padre. Para él, el sol podía convertirse en un castigo. Para mí no. Nunca un juego fue suspendido porque había mucho sol. Ahora tengo frío. Ya no siento las piernas ni la mirada del comandante; las estrellas se me están convirtiendo en unos borrosos y lejanos puntos. Espero volver a jugar pelota bajo el sol…

Fuimos perseguidos por los Hummers, los satélites, los B-52, los Apaches, los aviones invisibles, los rayos Láser, las miras infrarrojas, los soldados blindados, los M-16, las tanquetas y cuanta tecnología demoníaca trajeron para atrapar a Noriega. Fuimos perseguidos por tanto aparatejo que no logró detenernos. Pudimos hacer un par de escaramuzas y nos echamos a más gringos de los confesados oficialmente. Pero muy pronto la situación se nos puso color de hormiga. Al cuarto día abandonamos el área urbana y buscamos los bosques de la Cordillera Central. Abandonar San Miguelito no fue cosa fácil. Cada metro tuvo su costo.

Puedo ver el espacio que la onda expansiva abrió entre las ramas de los árboles; por allí veo las estrellas. De niño me gustaba mucho fantasear con ellas; ahora me recuerdan aquella época, la de los años de felicidad. También me gustaba correr con los rayos del sol chocando contra mi espalda…

Nos despertábamos con el ruido de los helicópteros. Los escuchábamos con temor. Nuestros cuerpos se iban atirantando y cualquier movimiento nos dolía; salir del fango, donde dormíamos abrazados a los fusiles, nos tomaba una eternidad. Pero sólo nos bastaba sentir un vistazo del comandante y acelerábamos las maniobras. La mirada del líder era profunda, casi filosófica; además de imponer respeto, repartía camaradería y no nos permitía olvidar que había llegado la hora de morir o matar, no obstante, de la velocidad dependió el sobrevivir. Los gringos siempre anduvieron cerca.

Abrí los ojos y la soledad, como una gran roca, cayó sobre mi pecho; los alfileres del frío aupaban al dolor a contarme de cómo el músculo y el acero se convirtieron en sangre y chatarra. No sé el paradero del resto de la patrulla. El miedo es mi única compañía. ¿Cómo es el verso que un compañero nos recitó el otro día? ¿Palma? ¿Miedo? ¡Ah! Ya recuerdo: “Me doy la palmadita para vencer al primer enemigo, el miedo”. Parece que también es mi último enemigo…

La mirada filosófica del comandante no pudo evitar la sorpresa de un tiro de mortero. Luego, otro, otro y otro más. Por suerte, sólo el primero dio en el blanco. No pudimos revisar los cuerpos tendidos y sin estar seguros de su fallecimiento, los abandonamos. El enemigo se acercaba y de no movernos ligero, lo que no hicieron los morteros lo hubiesen hecho los fusiles.

Llegada la noche, la columna subía por una trocha de la montaña tras un rastro que delató al enemigo. Teníamos la esperanza de darle un inusitado y único y último golpe al invasor. Ellos nos habían dado muchos, mejor dicho, todos los verdugazos. Sólo queríamos darles un pepazo. ¡Y nos encaminamos a propinárselos! El aire húmedo era un cóctel de lámparas de luciérnagas y violines de grillos. La sorpresa estaba de nuestra parte, esta vez los seguíamos a ellos. Los alcanzaríamos y les daríamos lo suyo. La hojarasca era una gruesa cobija que evitaba al suelo enfriarse, tampoco se enfriaba nuestro coraje. Por suerte, la oscuridad era pareja tanto para ellos como para nosotros. Por lo menos eso era lo que creíamos. El destello no fue igual para todos. Lo último que recuerdo fue esa luz…

La moral de la columna pasó de mar furioso a marea de pesares y la mirada del comandante perdió su toque filosófico. Llevábamos ocho días resistiendo a las tropas de Cisneros y lo único que habíamos logrado hasta ahora era escapar con vida. La marcha desde San Miguelito hasta Cerro Azul se nos hizo muy larga y vacía de victorias. Vimos una oportunidad de revertir lo inevitable, sin embargo, la tecnología sorprendió nuestro coraje. Por suerte, los gringos tenían mala puntería y fallaron casi todos los tiros. Pero si hubiesen atinado uno más, la columna se hubiese convertido en historia. Por eso hubo que olvidar el honor y volver a correr…rápido.

Nunca había caminado tanto. El cansancio parece un morral prendado a mis carnes. Lo peor es el hambre. Desde que comenzó la danza no he ingerido una comida completa. Pero la verdad es que, con tanta bomba y bala es mejor pensar en salvar el cuero y no en comida…

Una nube enturbia la mirada del comandante. Cuando él se alistó en los Batallones de la Dignidad, lo hizo convencido. No fue Noriega, ni cuidar un puesto de trabajo, ni buscando favores políticos; fue la patria quien lo movió. Sin embargo, una cosa es el discurso y otra ver el cuerpo inerte de un amigo.

La invasión nos sorprendió en San Miguelito. Fue como un huracán que nos cayó desde lo alto. Los ejercicios de entrenamiento eran juegos infantiles comparados con los combates. Huir se convirtió en una estrategia inteligente. Por suerte, la gente nos ayudaba a escondernos y así escapar de una segura ejecución. Recuerdo que una abuelita cómplice me gritaba: «por aquí mijito, por aquí»…

Al final, nos enrumbamos a lo profundo de los bosques de Cerro Azul. Fuimos más cuidadosos. Ya no tuvimos otra oportunidad de golpearlos. El dolor de los amigos asesinados llegó para quedarse. Los invasores nos persiguieron hasta que rompimos filas y buscamos cómo regresar a nuestros hogares. Cada quien eligió su ruta. Una mezcla de sabores contrastantes nos inundó las bocas. Patria, dolor. Por unos días fuimos los halcones de alas rotas; dejamos en calle 50 a los que aplaudieron la invasión y buscamos la montaña para combatir a los marines. Más tarde, mucho más tarde, Martín escribirá: «Y nos quedó masticar la derrota, la humillación. Tragarnos su amargo para que nadie nos viera escupir».