Ceguera

Holbein Román Sandino Torres

Recuerdo cuando estábamos bajo aquél árbol, te veía mientras te recostabas en mis piernas, mirando al río que corría lento, tranquilo, como una serpiente de cristal tragando ramas todo el día; te comenté eso.

—¿Una serpiente? –preguntaste.

—De cristal –añadí– y que traga ramas.

—No parece eso, en absoluto.

—Por supuesto que no.

—¿Y por qué lo dices, entonces?

—Porque es lo que diría un buen escritor.

Acaricio tu cabello, está más largo que la última que vez nos vimos. Siento su olor impregnado en mis manos, huele a tabaco, del barato, ¿recuerdas cuando te dije que no fumases de ése?, yo tampoco, pero estoy seguro que lo hice alguna vez, o al menos debí hacerlo. Solo pienso que deberías escucharme.

—Entonces, ¿eres un escritor? –me preguntas, inocente.

—Podría decirse, pero no me gusta ser llamado así.

—¿Por qué?

—No merezco ese mérito.

—¿Me dejarías leer algo tuyo?

—No, eres demasiado para eso.

Callas, miras el río, ves a los peces que navegan, te sorprendes. Yo te miro, miro tu cabello, toco tus mejillas.

—¿Quieres nadar en el río? –te pregunto, con mis manos aún en tu rostro.

—Me gustaría.

—Ve.

Te levantas de mi regazo, te desvistes ante mí, te he visto así tantas veces, sé que ya no te avergüenza.

Caminas cortos metros; frente a la serpiente te veo, ahí está el animal translúcido del que hablaba.

Recuerdas el ataúd de tu madre, ése en el que siempre le imaginabas; ves el pedestal, la torre en la que habita tu padre, desde arriba te saluda, mas tú solo ves a la serpiente, que te traga, te traga mientras corre por ti, te traga porque sabe que le amas, te traga porque quieres ser tragado.

Me despido, con la mano. Debo irme ya, lo sabes, pero igual te duele, a mí también, sé fuerte, volveré algún día.

Me voy, entre los árboles, entre las llamas.