Jun 05 2018

El rifle de mi padre

Holbein Román Sandino Torres

 Mi padre tenía un rifle, solía ir a cazar por las noches. Iba con sus amigos, no volvían hasta varios días después. Yo quedaba en casa con mis hermanos y después del medio día solo con mi madre. Me sentaba en una alfombra de polvo, había acostumbrado mis piernas a eso. Desde el techo, ciertos rayos de sol se filtraban, daban vueltas por la casa todo el día. Me gustaba seguirlos con la vista.

Detrás de la casa había un patio que parecía una selva. Nuestro único vecino era un viejo que solía deambular por el pueblo. Vivía acuartelado en una especie de carcasa de madera que construyó quién sabe cuántos años atrás, mucho antes de que mi padre naciera.

Mis hermanos trabajaban cortando madera. Yo iba a la ciudad por la mañana, a la escuela. Mi madre me pedía que escribiera cartas a sus hermanas, las enviábamos todos los miércoles cuando el hombre del correo pasaba por el pueblo en su bestia mecánica. Él soltaba una sonrisa siempre que veía la caligrafía de mis cartas. Cuando regresaba de la gran ciudad, me regalaba junto con las cartas de las tías Marta, Cecilia y Maribel algún dulce civilizado, de esos que traen envoltura y saben bien.

En la escuela, los hijos de los dueños de las fábricas solían predicarnos sobre el Evangelio del vapor y el carbón; decían que en la gran ciudad existían casas tan altas como sequoias, caminos de asfalto por donde las bestias trotan esparciendo su vapor por las aceras, cielos repletos de aves artificiales y globos aerostáticos que aplastan a los transeúntes con sus sombras. Nos dijeron que sus padres planeaban hacer de nuestro pueblo una gran ciudad capaz de despertar envidia en los capitalinos. Nuestros profesores los regañaban por darnos ilusiones. No solíamos poner mucha atención a sus regaños, excepto a los de Mrs. Lewes. La escuchábamos porque venía de tierras lejanas, su voz llevaba cierto peso de credibilidad. Ella decía que era «acento». Para nosotros, los niños, era magia.

Desde mi hogar podía ver las chimeneas de las fábricas. Ahí nacían las bestias de vapor y las aves artificiales. Me preguntaba por qué mi padre evitaba el contacto con el pueblo, con las fábricas y con sus dueños siendo que todo eso representaba –y hasta significaba– «civilización». A todos les gusta la civilización. ¿Por qué a mi padre no? Nunca le pregunté. Siendo sincero, admito que casi nunca hablamos.

Siempre fue una figura extraña la de mi progenitor. Cuándo vi su cadáver ser arrastrado me pareció todavía más extraño, como si fuese yo el hijo de un demonio. Le faltaban tres dedos izquierdos; una pierna estaba por desprenderse de su cuerpo. La mano derecha seguía aferrada a su rifle, a sus principios, nunca al pueblo.

Mis hermanos lo enterraron por la tarde en el patio-selva. Su rifle lo colgaron en la pared; estaban llorando. Yo también lloraba.

La mañana siguiente era la mañana de un miércoles. Mi madre despertó. No había papeles en el escritorio de la sala. La pluma estaba resguardada. La luz matinal la sentía más frágil, como si fuese de telarañas en vez de la magia a la que me había acostumbrado. El polvo de la alfombra lastimaba mis rodillas. Las chimeneas en el horizonte parecían lápices en una cartuchera de piedra pómez.

Yendo a la escuela oí el retumbar de pájaros metálicos sobre mi cabeza, las calles de adoquines las aplastaban, armatostes con forma de oso que soltaban vapor y silbaban como los vientos de noviembre. El hombre del correo sintió desilusión cuando le dije que no habría caligrafía. Tuvo que conformarse con las letras de molde que Mrs. Lewes dejaba en el papel sin la elegancia de su acento –aunque estuviesen escritas en su lengua madre– ni el misticismo que le atribuían sus alumnos.

Los hijos de los empresarios alardeaban de manera más molesta. Mrs. Lewes les regañaba con particular desdén. Las casas enanas rechinaban. Las sombras de los árboles acariciaban las cabezas con una gentileza paupérrima. Las bestias dormían. Mi padre era atravesado por las raíces de un árbol. El viejo de al lado reía. Mi madre lloraba, lloraba como las bestias silban y las aves retumban. Mis hermanos cavaban, cortaban, sin hablar, trabajando. El rifle se oxidaba como se pudren las sequoias, caía como la luz que se filtraba desde el techo, no daba vueltas, no trotaba, era un augurio.

Cuando volví a casa, mis hermanos enterraban a mi madre.

Estaban llorando, yo también lloraba.