Nov 29 2017

El vuelo del poeta, de Henry A. Petrie

Desde la primera vez que monté un aparato volador, me quitaron el miedo a pija. No recuerdo mi edad exacta, creo que andaba en los siete años. Fue para cuando a mi hermano Eddy José, menor once meses, le dio la chifladora. Pasados algunos años, jamás entendí por qué en esa época se concebía como cura el vuelo acrobático en avioneta.

Mi abuela Lupe no era santera, pero admiraba a San Martín de Porras; tampoco se andaba con rezos ni rosarios, ni creía en eso que llaman «temor a Dios.» De alguna forma topó con alguien que la convenció de la cura para la tos de mi hermano, y resolvió darnos, junto con ella, un paseo en avioneta.

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