Nov 23 2017

Alcancía, cuento de Mauricio Rayo A.

Con pocos meses de haber nacido, ya corría por todo el pueblo de «San Pedro de los vagos». Era gordito, pero no se cansaba de correr, saltar y comer todo el día. Donde llegaba le daban un pedazo de pan, una tortilla con cuajada, frutas, mermeladas; hasta postres y caramelos de sabores y colores diversos. Todo lo disfrutaba, incluso su nombre Alcancía, ganado a pulso… nunca se llenaba… o, tal vez por su semejanza a las alcancías de barro elaboradas por los ceramistas de la Paz Centro, Calle-real de Tolapa o Catarina. Tenía manchas negras y blancas como las vacas Holstein y una raya sobre su lomo… era evidente su parecido, pero aún más, le gustaba tragar monedas de poco valor encontradas en la calle, luego, al cabo de unas horas las defecaba convertidas en dinero de 100 veces o más a su valor origina. Casi nadie sabía de ese valioso don, a excepción de su dueña, quien había observado que Alcancía, cuando realizaba sus necesidades fisiológicas, se dirigía al fondo del patio y ahí, depositaba sus desechos y los enterraba. Una vez descubrió el tesoro, pero no se atrevió a tocarlo.

Ver colaboración